Hemos cambiado.
Ya no somos las mismas mujeres de antes.
La vida, con sus golpes y sus aprendizajes, nos ha transformado. Nos ha obligado a detenernos, a mirar hacia adentro y a reconstruirnos desde las cenizas. Pero también nos ha enseñado algo profundamente valioso: que, en medio del dolor, la vida sigue siendo hermosa.
Hoy agradecemos los atardeceres. Nos detenemos a contemplar el cielo, a mirar las estrellas, a respirar profundo y a escuchar el silencio.
Ya no somos las de antes.
Hemos aprendido a ver lo extraordinario en lo cotidiano: en una sonrisa, en una conversación, en el simple hecho de estar vivas.
Hemos aprendido a dar valor a lo verdadero y no a lo material; a impresionarnos con los detalles y no con las cosas. Hemos aprendido a buscar el verdadero lujo: la paz, la libertad, la dignidad y la tranquilidad, y otras, hemos aprendido a refugiarnos en las letras.
Hemos aprendido que lo importante no siempre se puede tocar, pero sí se puede sentir.
Antes corríamos sin mirar. Hoy caminamos con conciencia.
Ya no somos las de antes.
Hemos aprendido a ver lo maravilloso de la vida, incluso cuando esta no ha sido justa con nosotras. Hemos comprendido que siempre existe una puerta, una salida, una posibilidad de elegir un nuevo camino; que no estamos condenadas a permanecer en los lugares en los que no somos felices; que podemos levantarnos, salir, reconstruirnos y escoger la vida que queremos vivir.
También hemos cambiado en la forma de mirar el dolor.
Ya no somos las que llorábamos en cada esquina.
Ya no somos las de antes.
Ya no vemos únicamente nuestro propio dolor.
Hemos aprendido a reconocer el sufrimiento de otras personas, de otros grupos vulnerables, de otras mujeres que caminan con heridas invisibles. En ese reconocimiento hemos descubierto la empatía, la solidaridad y la conciencia social.
Hemos sido testigos del caminar de las mujeres y de su lucha constante contra un sistema patriarcal que durante siglos intentó silenciarlas, minimizar su voz y arrebatarles su dignidad. Pero también hemos visto algo poderoso: la resistencia, la valentía y la transformación colectiva.
Hemos aprendido a compartir, a sostenernos unas a otras y a tender la mano cuando otra mujer cae. Hemos descubierto el amor entre mujeres: un amor que no compite, que no juzga, que no abandona; un amor que abraza, que escucha y que acompaña.
La sororidad que nos sostiene cuando sentimos que no podemos más es la red invisible que nos recuerda que no estamos solas.
Hemos cambiado, sí, pero no porque el dolor nos haya destruido.
Ya no somos las de antes.
Hemos cambiado porque decidimos vivir, porque decidimos sanar, porque decidimos recuperar nuestra voz, nuestra fuerza y nuestra dignidad.
Hoy somos mujeres que miran la vida con otros ojos: mujeres que saben que la libertad comienza en el interior; mujeres que han aprendido a elegir la vida, incluso después de haber conocido la oscuridad.
Hemos cambiado.
Y ese cambio no es una debilidad.
Es nuestra mayor victoria.
Porque hemos recuperado lo más importante: nuestra dignidad.
Y mientras nosotras aprendimos a sanar, a reflexionar y a reconstruirnos, muchos agresores siguen siendo los mismos.
Siguen mintiendo.
Siguen manipulando.
Siguen caminando por la vida aparentando normalidad, incluso felicidad, mientras continúan dañando a otros.
Incluso pretenden ser buenos padres. Se presentan ante la sociedad como responsables, amorosos y ejemplares, mientras, detrás de esa imagen, siguen ejerciendo violencia, control y daño emocional.
Porque cambiar requiere algo que no están dispuestos a hacer: aceptar.
Aceptar el daño causado.
Aceptar la responsabilidad.
Aceptar la violencia.
Y mientras ellos se niegan a aceptar, nosotras seguimos avanzando:
Más conscientes.
Más fuertes.
Más dignas.
Porque ya no somos las de antes.

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