Salir de la violencia fue apenas el comienzo.
Porque aunque nuestro mayor logro haya sido escapar, sobrevivir y reconstruirnos, existe otra historia con la que aprendimos a vivir: una vida paralela. Una vida judicializada que nos persigue como una sombra.
Está ahí mientras trabajamos, mientras estudiamos, mientras intentamos volver a ser personas funcionales. Está ahí mientras hacemos de comer, mientras respondemos correos, mientras fingimos normalidad. Algunas maternar un hijo mientras luchan por el otro; otras sobreviven mirando fotografías o esperando una hora de convivencia supervisada.
Esa sombra nunca se va.
Nos despierta por las mañanas y se acuesta con nosotras por las noches. A veces toma forma de pesadilla. Otras veces de un sueño: recuperar a nuestros hijos, recuperar la paz, recuperar la vida que nos arrebataron.
Hay días en los que la sombra se convierte en permisos laborales para asistir a audiencias, juzgados, fiscalías o CECOFAM. Días en los que vivimos pendientes del teléfono, del correo, de una notificación del SICOR que nos roba el aire y nos provoca un dolor en el estómago que termina en vómito.
Porque el cuerpo también aprende a reconocer el miedo.
Y luego están las salas de espera.
En la silla de junto siempre hay una mujer nueva. Algunas son jóvenes. Otras son madres agotadas. Algunas son abuelas. Las recién llegadas todavía tienen ojos de esperanza; aún no saben el infierno burocrático que están a punto de atravesar.
Las otras ya nos conocemos.
Nos reconocemos aunque nunca nos hayamos hablado. Somos las que seguimos buscando justicia años después. Las que aprendimos términos legales que nunca quisimos conocer. Las que sabemos exactamente cuánto tarda un elevador del juzgado o qué facilitadora es más cruel.
Nos reconocemos en silencio.
En esas salas algunas ya perdieron la esperanza, pero siguen ahí. No por odio. No por venganza. Siguen porque es lo que toca. Porque los hijos merecen esta lucha hasta el último día de aliento.
También nos encontramos en las filas de los juzgados. Algunas tiemblan porque verán a sus hijos después de meses o años. Otras intentan no derrumbarse ante una escucha del menor.
Y en los pasillos lloramos de impotencia al escuchar las mentiras de los agresores.
Mienten sin remordimiento.
Un día se casaron con nosotras. Un día construyeron una familia con nosotras. Pero después del divorcio nos transformaron, ante los ojos del sistema, en violentas, putas, interesadas, locas, alcohólicas, malas madres.
Nos deshumanizan para justificar la violencia que ejercen.
También nos encontramos en los reclusorios, esperando audiencias eternas. Algunas llegan acompañadas por amigas y altavoces. Otras llegan completamente solas, cargando expedientes y miedo.
Y quizá uno de los lugares más dolorosos es el CECOFAM.
Ahí unas lloran de felicidad porque tuvieron una hora de convivencia. Otras lloran porque sus hijos las rechazaron con insultos que claramente no pertenecen a un niño, sino al discurso aprendido del agresor.
Ahí también sucede algo extraño: entre nosotras nos cuidamos.
Una comparte juguetes con la primeriza. Otra presta toallitas, agua o consejos. Nos recordamos documentos, horarios, dinámicas. Porque sabemos lo que significa correr para llegar puntuales, porque las facilitadoras cancelan convivencias si una madre llega un minuto tarde… pero otorgan tolerancia infinita cuando el agresor se retrasa.
El sistema también tiene favoritos.
Y mientras unas intentan sostenerse, otras se derrumban al escuchar a sus hijos decir que no quieren irse, que no entienden por qué deben dejar a mamá otra vez.
También están las mujeres agotadas por el trato de funcionarias que reproducen la misma cultura patriarcal que debería combatirse. Mujeres juzgando mujeres. Mujeres minimizando violencia. Mujeres protegiendo agresores.
Ahí estamos todas, intentando nadar contra la corriente de un sistema de justicia profundamente patriarcal.
Un sistema que, aun viendo patrones evidentes de violencia, decide ignorarlos.
Porque no es tan difícil darse cuenta de quién es el agresor y quién es la víctima.
No es tan difícil identificar peritajes comprados.
No es tan difícil notar a quién le aprueban acuerdos absurdos mientras a las madres les retrasan durante meses una simple petición de visitas supervisadas.
No es tan difícil verlo.
Lo difícil, al parecer, es que quieran hacerlo.
También estamos las que nos encontramos en las marchas.
Las que hacemos catarsis gritando en las calles:
“¡Nos quitaron a nuestros hijos, nos quitaron el miedo!”
Las que sostenemos pancartas con las manos temblando, las que lloramos al escuchar otras historias iguales a la nuestra. Las que convertimos el dolor en protesta porque el silencio nunca nos protegió.
También estamos las que hemos asistido a mesas de trabajo, foros y reuniones institucionales donde muchas veces solo nos dieron atole con el dedo. Donde escuchamos discursos vacíos, promesas y compromisos que rara vez llegan a los expedientes reales, a las madres reales, a los niños reales.
Y aun así seguimos.
Porque reconocemos algo importante: cuando empezamos a nombrar la violencia vicaria en 2021, casi nadie sabía que existía.
Nadie.
Aunque llevaba generaciones ocurriendo.
Le pasó a nuestras madres.
Le pasó a nuestras abuelas.
La diferencia es que hoy comenzamos a nombrarla.
Hoy las mujeres jóvenes ya identifican esa violencia. Ya reconocen los patrones. Ya hablan de manipulación, alienación, uso de los hijos como castigo y control. Hoy vemos en redes sociales casos de niños arrebatados, convivencias destruidas y maternidades fracturadas por agresores que utilizan a los hijos como armas.
Hoy existe una ley.
La llamada “Ley Vicaria”.
Pero, ¿de qué sirve una ley cuando quienes deben impartir justicia han perdido la sensibilidad?
¿De qué sirve si las madres siguen siendo juzgadas, revictimizadas y minimizadas cada vez que acuden a preguntar por el avance de una carpeta?
¿De qué sirve si todavía hay funcionarios que ni siquiera creen en la violencia vicaria?
Porque muchas seguimos entrando a oficinas donde nos miran con desconfianza. Donde cuestionan nuestra estabilidad emocional mientras justifican la violencia masculina como “problemas de pareja” o “conflictos de divorcio”.
Y mientras tanto, los hijos siguen creciendo lejos de sus madres.
El problema nunca fue únicamente la ausencia de leyes.
El problema es un sistema incapaz de mirar la violencia cuando quien la ejerce tiene poder, dinero, influencias o simplemente el privilegio de seguir siendo hombre dentro de una estructura profundamente patriarcal.
Y aun así aquí seguimos.
Cansadas.
Rotos pedazos de nosotras.
Pero de pie, luchando.

Deja un comentario