Nos falta indignación.

Nos quieren tranquilas.
Moderadas.
Comprensivas.

Nos quieren razonables frente a lo intolerable.

Nos piden paciencia mientras las carpetas duermen.
Empatía con instituciones que no escuchan.
Mesura frente a la impunidad.

Nos enseñaron que la indignación era un exceso emocional.
Que la rabia era peligrosa.
Que señalar incomoda.
Que protestar divide.
Que denunciar “daña familias”.

Mentira.

Lo que daña familias es el abuso.
Lo que rompe vidas es la violencia.
Lo que destruye infancias es la impunidad.

Nos falta indignación.

Nos falta muchísima indignación.

Porque seguimos viviendo en una sociedad capaz de escandalizarse más por una pared rayada que por una niña violentada; más incómoda con una marcha que con un feminicidio; más molesta con una madre denunciando corrupción que con el funcionario corrupto.

Nos debe indignar cada mujer asesinada.
Cada niña abusada.
Cada denuncia archivada.
Cada víctima revictimizada.

Cada madre que sale de una fiscalía sintiendo que tuvo que sobrevivir dos veces: primero a la violencia y después al sistema.

Nos debe indignar el agresor que sigue siendo invitado a los cumpleaños.

El tío.
El abuelo.
El padrastro.
El vecino.
El “buen hombre”.

Ese que todos conocen.
Ese del que “nadie lo hubiera imaginado”.
Ese al que protegen porque denunciarlo rompería la comodidad familiar.

Nos debe indignar la familia que sabe y calla.
La amiga que minimiza.
El abogado que perfecciona estrategias para perpetuar el daño.
La autoridad que perdió sensibilidad.
La sociedad que aprendió a mirar hacia otro lado.

Nos debe indignar el falso héroe.

El supuesto padre ejemplar.

El padre soltero convertido en símbolo de admiración automática mientras detrás puede existir violencia vicaria, manipulación, control, abuso psicológico o separación deliberada entre una madre y sus hijos.

Porque no toda narrativa pública es verdad.

Porque, a veces, el aplauso social también encubre violencia.

Nos debe indignar que una mujer tenga que cerrar una calle para ser escuchada.

Que una madre tenga que abrir una cuenta de alguna red social para conseguir justicia.

Que tenga que exponer expedientes, videos, nombres, lágrimas y heridas porque las instituciones decidieron no hacer su trabajo.

Nadie convierte su dolor en contenido por gusto.

Se llega a eso cuando el sistema agotó todas las demás opciones.

Nos debe indignar la violencia sexual infantil.

Y nos debe indignar muchísimo más su normalización.

El agresor sentado en la mesa.
La familia sirviendo comida alrededor del secreto.
La víctima obligada a convivir con quien la rompió.
El silencio administrado para proteger reputaciones.

Nos debe indignar la mujer indígena tratada con desprecio en hospitales.

La familia durmiendo afuera de un hospital, porque la pobreza también se espera de pie, sobre concreto, con hambre y miedo.

Nos deben indignar las madres que llevan días.
Meses.
Años.

Sin sus hijos.

Las que siguen litigando maternidades.

Las que sobreviven en juzgados, fiscalías, centros de convivencia, hospitales psiquiátricos, oficinas gubernamentales y redes sociales, suplicando algo que debería ser básico: justicia.

Y, sobre todo, nos debe indignar algo profundamente incómodo:

Que nos hemos convertido en una sociedad demasiado tolerante con los agresores.

Les damos duda razonable infinita.
Segundas oportunidades eternas.
Comprensión.
Contexto.
Silencio.

Mientras a las víctimas les exigimos pruebas imposibles, serenidad impecable, trauma elegante y dolor políticamente aceptable.

Ya basta.

Basta de pedirle calma a quien vive violencia.
Basta de llamar exageración a la indignación.
Basta de proteger la apariencia de normalidad.

Solo los indignados cambian el mundo.

Los demás administran la costumbre.

Y la costumbre, cuando hablamos de violencia, también mata.

Necesitamos una sociedad menos cómoda.
Menos neutral.
Menos tolerante con la injusticia.
Más incómoda frente al abuso.
Más insoportable frente a la corrupción.
Más humana frente al dolor.

Porque el problema nunca fue la indignación.

El problema es todo aquello que dejamos de indignarnos.


2 respuestas a “Nos falta indignación.”

  1. Avatar de Norma Castro Cerón
    Norma Castro Cerón

    Vivimos en un un mundo controlado en su mayoría por hombres en la política, la religión, los deportes en dónde la mujer juega un papel secundario.
    Que difícil ser mujer
    Yo empecé por mi para no dejar que me hagan menos, para luchar día con día.

    1. Avatar de Gina Cerón

      Coincido contigo. Ser mujer implica muchas veces abrirse camino en espacios que históricamente no fueron pensados para nosotras. Y justamente por eso es tan valioso lo que mencionas: empezar por una misma.
      Cada vez que una mujer decide no hacerse pequeña, poner límites, alzar la voz y reconocer su propio valor, está generando un cambio que va mucho más allá de su historia personal. Gracias por compartir tu experiencia. Que nunca dejemos de recordarnos que merecemos ocupar nuestro lugar con dignidad, fuerza y libertad.

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