Hay mujeres que cargan historias en el cuerpo.
Historias que no caben en una conversación breve ni en una carpeta judicial.
Historias que se quedaron atoradas en la garganta el día que alguien decidió que su voz no importaba.

Hay mujeres que tienen mucho que contar.

No porque busquen protagonismo.
No porque quieran volver al pasado.
Sino porque el silencio, cuando se impone, también es una forma de violencia.

Durante mucho tiempo se nos enseñó a callar.
A ser prudentes.
A no incomodar.
A no “hacer escándalo”.
A no escribir lo que dolía.

Pero llega un momento —siempre llega— en el que la memoria se rebela.

Y entonces aparece la escritura.

No como un lujo.
No como un ejercicio literario.
Sino como una herramienta de supervivencia.

Escribir se vuelve una forma de ordenar el caos, de nombrar lo que otros quisieron borrar, de reconstruir la propia historia cuando alguien intentó arrebatarnos el derecho a contarla. Escribir es una forma de decir: esto sucedió, esto me pasó, esto importa.

Las mujeres que han atravesado violencia, abandono, injusticia o separación de sus hijos saben que la verdad muchas veces no encuentra espacio en los expedientes.
Los papeles oficiales registran fechas, firmas y sellos.
Pero no registran el miedo.
No registran las noches sin dormir.
No registran el sonido del silencio en una casa vacía.

Por eso escribimos.

Escribimos para dejar constancia de lo que el mundo prefiere ignorar.
Escribimos para que nuestras hijas e hijos, algún día, conozcan la verdad completa.
Escribimos para que otras mujeres sepan que no están solas.
Escribimos para que la injusticia no tenga la última palabra.

La escritura es una forma de justicia cuando la justicia tarda.
Cuando la justicia falla.
Cuando la justicia no llega.

Escribir no sustituye a los tribunales, pero sí construye memoria.
Y la memoria es el primer territorio donde la dignidad se defiende.

Cada cuaderno lleno, cada carta escrita, cada testimonio narrado es una forma de resistencia.
Es una manera de recuperar la voz cuando alguien intentó arrebatárnosla.
Es una forma de decir: yo estuve aquí, yo viví esto, yo sigo de pie.

Hay mujeres que escriben en secreto.
En la madrugada.
En hojas sueltas.
En el celular.
En servilletas.
En diarios que nadie ha leído todavía.

No importa el formato.
Importa el acto.

Porque cuando una mujer escribe su historia, rompe el aislamiento.
Rompe la vergüenza.
Rompe el miedo.
Y empieza a reconstruir su identidad.

La escritura también es una forma de acompañamiento.
Una mujer que narra su historia abre un camino para otras.
Les ofrece palabras cuando todavía no encuentran las suyas.
Les presta voz cuando el dolor las ha dejado en silencio.

Las mujeres tenemos mucho que contar.

Historias de amor y de pérdida.
De resistencia y de cansancio.
De maternidad, de ausencia, de lucha, de esperanza.

Y cada historia escrita es una semilla de verdad.

No necesitamos ser escritoras profesionales para escribir.
No necesitamos permiso.
No necesitamos reconocimiento.

Solo necesitamos la decisión de no callar.

Porque escribir es recordar.
Escribir es nombrar.
Escribir es resistir.
Y, muchas veces, escribir es el primer paso hacia la justicia.

Que nadie vuelva a decirnos que nuestras historias no importan.
Que nadie vuelva a pedirnos silencio.
Que nadie vuelva a borrar nuestra voz.

Las mujeres tenemos mucho que contar.
Y cuando escribimos, el mundo cambia un poco.

Aunque sea en silencio.
Aunque sea despacio.
Aunque sea palabra por palabra.


3 respuestas a “Las mujeres que tienen mucho que contar.”

  1. Avatar de Martha Fagerlie (Ceron)
    Martha Fagerlie (Ceron)

    Me encantó ! Que bello escribes.

  2. Avatar de Guadalupe Belem Ayala Ortega
    Guadalupe Belem Ayala Ortega

    Hermoso!!!

  3. Avatar de Carlos Cuevas
    Carlos Cuevas

    Impresionante !!👏👏👏

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