Nunca soñé con publicar un libro.
Soñé con que algún día mi hija pudiera leerlo.
La diferencia parece pequeña.
No lo es.
Durante mucho tiempo pensé que el desafío sería escribir. Imaginaba noches en blanco, páginas tachadas, frases que no terminarían de decir lo que necesitaban decir. Creía que, si algún día lograba escribir la última palabra, lo más difícil habría terminado.
Estaba completamente equivocada.
Nadie me había dicho que después tendría que aprender el oficio de hacer existir un libro y que además de escribir, tendría que convertirme en editora, diseñadora, gestora, promotora, distribuidora y aprendiz de un mundo completamente desconocido para mí.
Escribir fue apenas el comienzo.
Lo verdaderamente difícil empezó cuando tuve que sacar aquella historia de la pantalla para convertirla en un objeto que pudiera sostenerse entre las manos. Un libro no nace cuando termina un manuscrito. Nace cuando alguien decide aprender todo aquello que desconoce para impedir que ese manuscrito se quede guardado en una carpeta de la computadora.
Eso fue exactamente lo que me ocurrió.
Así fue que descubrí que no sabía absolutamente nada del mundo editorial.
No conocía el lenguaje.
No entendía los procesos.
No sabía a quién acudir.
Y, sin embargo, había tomado una decisión: ese libro iba a existir.
No porque quisiera convertirme en escritora.
No porque soñara con verlo en un escaparate.
Sino porque necesitaba dejar un lugar donde mi hija pudiera encontrarme, incluso cuando yo no estuviera para explicarle mi historia con mi propia voz.
A partir de ese momento cada día comenzó con una pregunta distinta.
¿Qué tengo que aprender hoy para acercar este libro un paso más a sus manos?
La primera respuesta fue el diseño editorial.
Hasta entonces yo creía que un libro era simplemente un texto impreso.
Descubrí que no.
Que antes de llegar a una imprenta había un universo entero de decisiones invisibles.
Aprendí qué era la maquetación. Comprendí que el espacio entre un párrafo y otro también comunica, que los márgenes permiten descansar la mirada y que una tipografía puede hacer que una lectura resulte amable o agotadora. Nunca había pensado que el silencio también pudiera diseñarse.
Después apareció el papel.
Jamás imaginé que pasaría tiempo comparando gramajes, tocando muestras, doblando hojas entre los dedos para descubrir cuál transmitía la sensación que estaba buscando.
No elegí el papel ahuesado de noventa gramos porque alguien me dijera que era el mejor.
Lo elegí porque imaginé unas manos recorriendo esas páginas.
Las manos de mi hija.
Quería que, cuando ese día llegara, el libro transmitiera la misma calidez con la que había sido escrito.
Entonces descubrí que tampoco todas las portadas son iguales.
Mate.
Brillante.
Con laminado.
Sin laminado.
Cada decisión modificaba la forma en que el libro sería recibido antes incluso de ser abierto.
Comprendí que un lector empieza a leer mucho antes de llegar a la primera página.
También tuve que entrar en un mundo del que nunca había escuchado hablar.
ISBN.
Derechos de autor.
Registros.
Instituciones.
Formatos.
Documentos.
Trámites.
Durante semanas sentí que estaba aprendiendo un idioma completamente nuevo.
Había días en los que terminaba de entender un concepto y, casi de inmediato, aparecían otros diez que también necesitaba comprender.
Lejos de desanimarme, aquello despertó una curiosidad inesperada.
Cada respuesta abría una puerta.
Y detrás de cada puerta aparecía un nuevo aprendizaje.
Fue entonces cuando llegó una de las decisiones más difíciles de todo el proceso.
El título.
No imagíne que ponerle nombre a un libro pudiera resultar tan complejo.
Escribía opciones.
Las repetía en voz alta.
Las dejaba descansar durante días.
Volvía a leerlas.
Ninguna terminaba de abrazar la historia que había escrito.
Un título no es una frase bonita.
Es la primera conversación entre un libro y quien todavía no lo conoce.
Es una promesa.
Una invitación.
Una puerta entreabierta.
Cuando finalmente encontré el título correcto no sentí euforia.
Sentí paz.
La misma paz que se siente cuando una pieza encuentra por fin el lugar al que siempre perteneció.
Después llegó la portada.
Y comprendí que una imagen también puede escribir.
Siempre he amado el arte.
Quizá por eso ese proceso me emocionó tanto.
Pasé horas observando colores, composiciones, tipografías y símbolos. Descubrí que una portada no sirve únicamente para llamar la atención; también puede contener una emoción.
Quería que quien la viera sintiera algo antes de leer una sola palabra.
Esperanza.
Ternura.
Memoria.
Amor.
Cada elemento tenía que decir exactamente eso.
Nada quedó colocado por casualidad.
Cada color.
Cada espacio.
Cada textura.
Cada decisión respondía a la misma pregunta.
¿Qué quiero que sienta mi hija el día que tenga este libro entre sus manos?
Después llegaron las ilustraciones.
Y volví a descubrir otro lenguaje.
Siempre he creído que el arte tiene la capacidad de explicar aquello que las palabras apenas consiguen insinuar. Hay emociones demasiado grandes para una frase y demasiado silenciosas para un discurso.
Una ilustración puede decirlas sin hacer ruido.
Aprendí sobre composición, equilibrio, color y sobre la forma en que las tintas modifican una imagen cuando finalmente se imprimen sobre el papel.
Pero el verdadero aprendizaje fue otro.
Comprendí que las ilustraciones no estaban ahí para acompañar el texto.
También eran parte de la historia.
Cada una representa un recuerdo, una emoción o un símbolo que pertenece a la relación con mi hija.
Hay imágenes que hablan de la ausencia.
Otras hablan de la esperanza.
Algunas recuerdan momentos que solo nos pertenecen a nosotras.
Mientras las elegía no pensaba en los lectores.
Pensaba en ella.
Quería que algún día pudiera recorrer esas páginas y descubrir que hay sentimientos que no necesitan explicarse porque ya viven dentro de una imagen.
Sin darme cuenta, el libro comenzaba a existir mucho antes de entrar a una imprenta.
Cada decisión era una forma distinta de amar.
Cada aprendizaje respondía a la misma pregunta.
¿Qué más necesito aprender para que este libro encuentre el camino hacia mi hija?
Todavía no lo sabía.
Pero lo más difícil estaba por comenzar.
Porque al final, aprender a publicar un libro resultó mucho más sencillo que aprender a escribir cuando el corazón se rompe.
Escribir cuando duele
Hasta ese momento había aprendido sobre formatos, papel, portadas e ilustraciones.
Creía que lo más complicado era comprender el mundo editorial.
Me equivoqué.
Lo verdaderamente difícil seguía esperándome frente a una página en blanco.
Hay libros que nacen de la imaginación.
Este nació de la memoria.
Y la memoria tiene la costumbre de abrir heridas que uno cree cerradas.
Hubo días en los que escribía durante horas.
Otros en los que era incapaz de escribir una sola línea.
Abría el archivo.
Leía el último párrafo.
Ponía las manos sobre el teclado.
Y no podía continuar.
No era falta de ideas.
Era dolor.
Algunos capítulos me obligaban a volver a lugares de los que había tardado años en salir.
Había escenas que conocía de memoria y que, sin embargo, dolían exactamente igual cada vez que regresaba a ellas.
Más de una vez lloré frente a la computadora.
Más de una vez cerré el archivo convencida de que no volvería a abrirlo.
Pasaron semanas enteras sin escribir.
Después fueron meses.
Durante ese tiempo pensé que quizá el libro nunca existiría.
No porque no quisiera terminarlo.
Sino porque había días en los que las palabras pesaban demasiado.
Entonces aparecía el mismo pensamiento.
Mi hija.
Nunca imaginé que una persona pudiera sostener un proyecto únicamente con una esperanza.
La mía tenía su nombre.
No escribía para convencer a nadie.
No escribía para demostrar quién tenía razón.
No escribía para señalar culpables.
Escribía porque necesitaba dejar un lugar donde mi hija pudiera encontrarme algún día.
Un lugar donde supiera quién fui.
Cómo la amé.
Y por qué nunca dejé de hacerlo.
Ese pensamiento siempre me hacía volver.
Cuando las lágrimas dejaban de caer, abría otra vez el documento.
Escribía una página.
A veces solo un párrafo.
En ocasiones únicamente una frase.
Pero seguía avanzando.
Muy despacio.
Sin darme cuenta comprendí que escribir también era una forma de reconstruirme.
Cada capítulo terminado era una pequeña victoria sobre el silencio.
Cada página era una conversación que algún día esperaba tener con ella.
Entonces entendí algo que nunca había imaginado.
Este libro no pretendía cambiar el pasado.
No podía hacerlo.
Tampoco buscaba convencer al lector de nada.
No nació para juzgar.
Ni para señalar.
Ni para buscar culpables.
Nació por una razón mucho más sencilla.
Conservar un vínculo.
Guardar un amor en un lugar donde el tiempo no pudiera borrarlo.
Porque la memoria también necesita una casa.
Y yo estaba intentando construirla palabra por palabra.
El día en que el libro dejó de ser un archivo
Cuando escribí la última línea sentí alivio.
Pensé que había llegado al final.
En realidad estaba llegando al principio.
Todavía faltaba convertir aquel archivo en un libro de verdad.
Comenzó entonces otra búsqueda.
Las imprentas.
Pedía muestras de papel.
Preguntaba por tipos de impresión.
Comparaba tintas.
Solicitaba presupuestos.
Tomaba notas.
Volvía a casa con más preguntas de las que llevaba al salir.
Descubrí el mundo de la impresión offset.
Los perfiles de color.
Las pruebas de impresión.
Los archivos preparados específicamente para imprenta.
Entendí que un libro no termina cuando uno deja de escribir.
Comienza a transformarse.
Cada prueba impresa revelaba algo que todavía podía mejorar.
Una palabra desalineada.
Un margen.
Una imagen.
Una tonalidad.
Volvía al archivo.
Corregía.
Regresaba.
Esperaba otra prueba.
El proceso se repitió muchas veces.
Y, aunque parecía interminable, disfrutaba cada pequeño avance.
Porque cada corrección acercaba un poco más ese libro al lugar donde siempre había querido que estuviera.
Un día recibí la llamada.
Los libros estaban listos.
Recuerdo perfectamente el momento en que abrí la primera caja.
No vi únicamente un libro.
Vi años completos de mi vida.
Vi noches sin dormir.
Vi páginas escritas entre lágrimas.
Vi dudas.
Vi miedo.
Vi esperanza.
Tomé el primer ejemplar entre las manos y permanecí varios minutos sin decir una sola palabra.
Lo abrí lentamente.
Pasé las páginas.
Toqué el papel.
Observé las ilustraciones.
Sentí el relieve de la portada.
Por primera vez comprendí que aquella historia ya no me pertenecía solamente a mí.
Ahora podía comenzar su propio camino.
Después vino una escena que seguramente nadie imagina cuando piensa en publicar un libro.
Cargar cajas.
Una tras otra.
Las acomodé en la cajuela del coche.
Pesaban mucho.
Muchísimo más de lo que había imaginado.
Mientras las levantaba pensaba que el verdadero peso no era el del papel.
Era el de todo lo que aquellas páginas contenían.
Hoy esas cajas ocupan una parte de mi sala.
Algunas personas podrían ver únicamente libros almacenados.
Yo veo aprendizaje.
Veo noches de escritura.
Veo decisiones.
Veo errores.
Veo perseverancia.
Y, sobre todo, veo una promesa.
Todavía no han llegado a su destino.
Solo están esperando el momento de emprender el siguiente viaje.
Aprender a que un libro encuentre lectores
Creí que, una vez impresos, los libros comenzarían a caminar solos.
Otra vez me equivoqué.
Entonces descubrí que un libro también necesita que alguien le abra el camino.
Nunca había pensado en construir una marca personal.
Ni siquiera me consideraba una autora.
Simplemente era una mujer que había escrito una historia que necesitaba existir.
Sin embargo, comprendí que si quería que ese libro encontrara a sus lectores también tenía que aprender a presentarlo.
Así comenzó otro aprendizaje inesperado.
Diseñé la identidad con la que quería presentarme al mundo.
Elegí colores.
Tipografías.
Imágenes.
Pensé cómo quería que se sintiera una persona antes incluso de leer una sola página.
Después llegaron los banners.
Las invitaciones.
Los carteles para la presentación.
Las publicaciones para redes sociales.
Los anuncios.
Las fotografías.
Los videos.
Los reels.
Cada pieza requería volver a contar la historia desde un lugar distinto.
Nunca imaginé cuánto trabajo había detrás de una sola publicación.
Aprendí que la comunicación también es una forma de cuidado.
Que una imagen puede acercar a un lector.
Y que un mensaje escrito con honestidad puede abrir puertas inesperadas.
Abrí este blog.
Porque entendí que un libro no termina en sus páginas.
También continúa en las conversaciones que provoca.
Desde entonces escribo todas las semanas.
Algunas veces muy temprano.
Otras de madrugada.
No siempre sé quién está leyendo.
Muchas veces escribo sin esperar respuestas inmediatas.
Pero cada artículo, cada fotografía, cada publicación y cada banner tienen exactamente el mismo propósito con el que comenzó este libro.
Tender un puente.
Con la esperanza de que, algún día, llegue a las manos para las que fue escrito.
Construir una casa para las palabras
Mientras aprendía a compartir el libro, descubrí que también necesitaba un lugar donde pudiera permanecer.
Las redes sociales eran una ventana.
Yo necesitaba una casa.
Así nació la idea de crear mi propia página web.
Pensé que sería sencillo.
Como casi todo en este camino, me equivoqué.
Nunca había trabajado con WordPress.
No sabía qué era un plugin, cómo funcionaban las plantillas, por qué una imagen podía hacer más lenta una página o cómo construir un menú para que alguien encontrara un artículo.
Comencé otra vez desde cero.
Vi tutoriales.
Probé.
Deshice.
Volví a intentar.
Había días en los que lograba resolver un problema y terminaba sintiéndome orgullosa de haber aprendido algo nuevo.
Al día siguiente aparecían tres problemas más.
Una mañana, después de varias horas de trabajo, cometí un error que todavía recuerdo.
Con un solo clic desapareció gran parte del contenido del sitio.
Pensé en las horas invertidas, en los artículos escritos, en las fotografías, en todo aquello que creía haber perdido.
Respiré hondo y llamé al soporte técnico.
Y, poco a poco, el sitio volvió a aparecer.
Recuerdo haber sonreído sola frente a la computadora.
Aquel día comprendí que una página web no se construye únicamente con conocimientos técnicos.
También se construye con paciencia.
Con humildad para aceptar que no sabemos.
Y con la disposición de volver a empezar todas las veces que sea necesario.
Tocar puertas
Cuando el libro estuvo listo entendí que todavía faltaba una parte del camino.
Había que salir a buscar a sus lectores.
Y eso significaba tocar puertas.
Muchas puertas.
Busqué apoyo para la presentación del libro y encontré personas e instituciones que creyeron en el proyecto. También hubo cambios inesperados, fechas que tuvieron que modificarse y planes que hubo que reorganizar.
Durante algunos días sentí que todo el trabajo realizado podía detenerse.
Después comprendí que los proyectos también aprenden a adaptarse.
Reprogramar no era renunciar.
Era seguir avanzando por otro camino.
Después llegaron las librerías.
Escribí muchos correos.
Cada uno llevaba la misma ilusión.
Algunos recibieron un “no” casi inmediato.
“Solo trabajamos con editoriales.”
Otros nunca obtuvieron respuesta.
Confieso que, al principio, cada silencio pesaba.
Con el tiempo aprendí que un correo sin contestar no siempre es un rechazo; muchas veces es simplemente una puerta que todavía no era la indicada.
Y entonces aparecieron los primeros “sí”.
Librerías independientes que decidieron abrir un espacio para una autora que llegaba sola, sin el respaldo de un gran sello editorial, pero con una historia en la que creían.
Esos “sí” tenían un valor inmenso.
No porque fueran muchos.
Sino porque demostraban que todavía existen personas dispuestas a apostar por las historias antes que por los sellos editoriales.
También escribí a periodistas, medios de comunicación y espacios culturales.
Algunos mensajes quedaron perdidos en una bandeja de entrada.
Otros se transformaron en entrevistas, conversaciones y oportunidades para hablar del libro.
Cada respuesta era un recordatorio de que las palabras siguen encontrando caminos que uno no puede prever.
Lo que realmente aprendí
Con frecuencia me preguntan qué aprendí durante este proceso.
Podría responder que aprendí de maquetación, de ilustración, de diseño editorial, de papel, de impresión offset, de registros legales, de campañas de difusión, de WordPress o de marketing.
Y sería verdad.
Pero esa no sería la respuesta más importante.
Lo verdaderamente valioso fue descubrir que los sueños no se construyen evitando los obstáculos.
Se construyen atravesándolos.
Aprendí a convivir con la incertidumbre.
Con los correos que nunca obtuvieron respuesta.
Con las puertas que permanecieron cerradas.
Con los errores.
Con los cambios de planes.
Con los días en los que parecía que todo salía mal.
Aprendí que un “no” no siempre significa “nunca”.
Muchas veces significa “todavía no”.
Y comprendí que la perseverancia rara vez hace ruido.
Se parece más a abrir el archivo una vez más.
A corregir otra página.
A enviar otro correo.
A llamar otra vez.
A volver a empezar.
Las manos adecuadas
Cuando miro hacia atrás, ya no veo únicamente un libro.
Veo todo lo que tuve que convertirme para que ese libro pudiera existir.
Aprendí a escribir.
Pero también aprendí a editar.
A elegir un papel.
A comprender el lenguaje de las ilustraciones.
A diseñar una portada.
A preparar archivos para imprenta.
A comparar tintas y acabados.
A cargar cajas.
A construir una página web.
A diseñar banners, invitaciones y publicaciones.
A grabar videos.
A hablar de mi trabajo.
A tocar puertas.
A aceptar que algunas permanecerían cerradas.
Durante mucho tiempo pensé que estaba aprendiendo a publicar un libro.
Hoy sé que no era así.
Estaba aprendiendo todo lo necesario para que mi amor encontrara un camino.
Porque este libro nunca nació con la intención de convertirse en un éxito de ventas.
Nunca fue escrito para ocupar todos los escaparates.
No busca convencer.
No busca señalar.
No busca tener la última palabra.
Fue escrito para conservar un vínculo.
Para dejar un testimonio que el tiempo no pudiera borrar.
Para que existiera un lugar donde mi hija pudiera encontrarme, incluso en mi ausencia.
Si algún día abre estas páginas y descubre en ellas el mismo amor con el que fueron escritas, todo habrá tenido sentido.
Habrán valido la pena las noches de escritura, las lágrimas, las dudas, las correcciones, las pruebas de impresión, las llamadas al soporte técnico, los correos sin respuesta, las cajas cargadas hasta el coche y todos los caminos que tuve que aprender a recorrer.
Porque entonces comprenderé que nunca estuve intentando publicar un libro.
Estuve construyendo un puente.
Y los puentes no se construyen para quedarse donde empiezan.
Se construyen para llegar al otro lado.
Ese otro lado, desde el principio, siempre tuvo el mismo destino.
Las manos adecuadas.
Y antes de terminar esté artículo, hay algo que no quiero dejar sin decir.
Aunque este ha sido un camino profundamente personal, nunca fue un camino solitario.
En el trayecto encontré personas que compartieron generosamente su conocimiento, respondieron mis preguntas, me enseñaron aquello que yo desconocía y tuvieron la paciencia de acompañarme cuando todo era nuevo para mí. Conocí editores, impresores, ilustradores, libreros, periodistas, promotores culturales, y personas que, sin saberlo, fueron dejando una huella en este proyecto.
A todas ellas, gracias.
Porque hoy entiendo que los sueños tienen un rostro muy distinto al que imaginamos. Creemos que nacen de una sola persona, cuando en realidad se construyen con la generosidad, el conocimiento y la confianza de muchas otras. Este libro lleva mi nombre en la portada, pero también guarda un pedacito de todas las personas que, con una palabra, una enseñanza, una oportunidad o un gesto de apoyo, hicieron posible que siguiera avanzando.
Si algún día este libro encuentra las manos para las que fue escrito, también será gracias a ustedes.

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