Hoy choqué.
Como casi todos mis choques, fue estando parada, no en movimiento. Un descuido. Un golpe menor. Nada grave.
Llamé a la aseguradora, reporté el siniestro y seguí los pasos correspondientes para reparar el daño del otro vehículo. Todo estaba bajo control.
Y, sin embargo, pasé el resto del día sintiéndome mal.
Al principio pensé que era por mi distracción. Después creí que era por el dinero extra que tendría que pagar, un gasto que no tenía contemplado. Pero conforme avanzaron las horas, me di cuenta de que había algo más.
Mucho más.
Había un miedo recorriéndome el cuerpo.
Un miedo profundo, irracional, desproporcionado para lo que realmente había ocurrido.
Sentía el estómago apretado. El pecho tenso. La mente acelerada. No lograba tranquilizarme.
Hasta que decidí hacerme una pregunta:
¿De dónde viene realmente este miedo?
Y entonces ocurrió.
No llegó como un recuerdo.
Llegó primero al cuerpo.
Una tensión conocida en los hombros.
El estómago convertido en un puño.
La respiración más corta.
La necesidad urgente de encontrar una solución antes de que algo peor sucediera.
Y, de pronto, ya no estaba frente a un automóvil con un golpe menor.
Estaba en otro tiempo.
En esa vida donde equivocarse nunca era solamente equivocarse.
Donde un error podía convertirse en horas de terror.
En una mirada.
En una amenaza apenas pronunciada.
En una tormenta imposible de prever.
El miedo no tenía forma, pero conocía perfectamente el camino de regreso.
Había permanecido agazapado en algún rincón del cuerpo, esperando una grieta por donde entrar.
Y entró.
Lo sentí recorrerme como una corriente eléctrica antigua.
No eran las imágenes las que regresaban.
Era la sensación.
La certeza de que algo malo estaba por ocurrir.
La urgencia de esconder la evidencia.
De resolverlo todo antes de que alguien se diera cuenta.
De desaparecer.
A veces pensamos que el pasado vuelve en forma de recuerdos.
Pero no siempre.
A veces vuelve en forma de sudor frío.
De mandíbula apretada.
De intranquilidad.
De una culpa que no corresponde al tamaño de lo ocurrido.
A veces vuelve como volvió hoy:
Disfrazado de un pequeño accidente.
Pero trayendo consigo el eco intacto de todos los miedos que alguna vez habitaron la casa.
Y comprendí algo que todavía me cuesta aceptar:
Aunque salí de la violencia hace años.
Aunque he pasado por horas de terapia.
Aunque he trabajado profundamente en mi recuperación.
Todavía existen detonantes que pueden regresarme, por unos momentos, a aquellos días.
No porque siga ahí.
Sino porque mi cuerpo estuvo ahí demasiado tiempo.
Durante mucho tiempo pensé que esto significaba que no había sanado lo suficiente.
Hoy sé que no es así.
He estado leyendo sobre los efectos de la violencia prolongada en el cerebro y descubrí algo que me ayudó a entenderme con más compasión.
Las afectaciones son reales.
La violencia constante modifica los circuitos de supervivencia. El cerebro aprende a detectar amenazas incluso cuando ya no existen. El sistema nervioso permanece preparado para el peligro porque durante años esa preparación fue necesaria para sobrevivir.
Diversas investigaciones han encontrado que las personas que vivieron violencia crónica pueden presentar alteraciones similares a las observadas en quienes han estado expuestos a situaciones de guerra o a eventos traumáticos prolongados.
El daño no desaparece simplemente porque una se haya ido.
El cuerpo conserva registros que la memoria a veces olvida.
Guarda rutas.
Alarmas.
Reflejos.
Mecanismos de defensa que un día fueron necesarios para sobrevivir.
El cuerpo no distingue fácilmente entre un golpe leve a un automóvil y una amenaza que en otro tiempo pudo haber significado humillación, castigo, agresión o miedo.
El cuerpo recuerda.
Y a veces reacciona antes de que la razón alcance a explicarle que ya estamos a salvo.
Por eso hoy no me juzgo.
No me llamo exagerada.
No me digo que debería haberlo superado.
Porque entiendo que lo que sentí no fue debilidad.
Fue memoria.
La memoria de un sistema nervioso que hizo exactamente lo que tenía que hacer para mantenerme viva.
Y también fue una oportunidad para reconocer algo importante:
Ya no vivo ahí.
Ya no tengo que esconder errores.
Ya no tengo que prepararme para una reacción violenta.
Ya no tengo que caminar de puntillas para evitar una explosión.
Hoy soy una mujer libre que tuvo un pequeño accidente automovilístico.
Nada más.
El miedo apareció porque una parte de mí todavía recuerda.
Pero también desapareció porque otra parte de mí sabe que ya está a salvo.
Y quizá de eso se trata la recuperación.
No de que los detonantes desaparezcan para siempre.
Sino de aprender a reconocerlos cuando aparecen, tomarles la mano y recordarles, una vez más, que el peligro terminó.
Que sobrevivimos.
Y que ahora estamos en casa.
Porque ahora estamos en una orilla diferente.
Una donde ya no vivimos bajo el miedo, sino bajo la posibilidad de volver a nosotras mismas.
Una donde un abrazo puede regresarnos a quienes éramos antes del miedo.
Una donde el amor —el de quienes nos acompañan, el de quienes permanecieron y, sobre todo, el que aprendemos a sentir por nosotras mismas— tiene la capacidad de reparar lo que la violencia intentó romper.
Porque al final, después de la tormenta, descubrimos que el amor no borra las heridas.
Pero sí puede enseñarnos a habitarlas con ternura.
Y, poco a poco, a sanar.

Deja un comentario