Hay noches en las que la casa se queda en silencio y la ausencia hace demasiado ruido. Son esas noches en las que miramos el teléfono esperando un mensaje, en las que pensamos qué estarán haciendo nuestros hijos, si ya cenaron, si tienen frío, si están enfermos, si alguien les dio un abrazo antes de dormir. Son noches en las que el tiempo parece avanzar de una manera distinta, como si cada minuto que pasa fuera también un momento que estamos perdiendo de sus vidas. Y entonces aparece esa pregunta que puede convertirse en una tortura: ¿cuántos momentos me estoy perdiendo? Pensamos en los cumpleaños que no podremos celebrar, en las conversaciones que no tendremos, en las enfermedades que no podremos acompañar, en los pequeños acontecimientos de todos los días que una madre quisiera guardar para siempre. La ausencia se vuelve entonces una especie de reloj que no deja de avanzar frente a nuestros ojos, recordándonos todo aquello que está sucediendo lejos de nosotras y que no podemos tocar.
Después llega la culpa. Esa culpa que se instala lentamente en el cuerpo y comienza a repetirnos que deberíamos estar ahí, que tendríamos que haber hecho algo diferente, que quizá pudimos evitarlo, que nuestros hijos nos necesitan, que mientras ellos crecen nosotras estamos lejos. La culpa puede ser despiadada porque conoce exactamente dónde tocar. Se alimenta de cada cumpleaños, de cada fotografía que no tenemos, de cada conversación que imaginamos que nos estamos perdiendo. Nos hace reconstruir una y otra vez el pasado buscando el momento exacto en el que pudimos haber cambiado las cosas. Y cuando no lo encontramos, nos culpa por no haberlo encontrado. Así puede pasar una noche entera: pensando, imaginando, anticipando, castigándonos.
Pero hay algo que necesitamos recordar, especialmente durante esas noches en las que la ansiedad parece no tener fin: estar lejos de nuestros hijos no significa haber dejado de ser sus madres.
Cuando una madre es separada de sus hijas o hijos como consecuencia de la violencia vicaria, esa ausencia no es una decisión tomada desde la libertad. Es parte de una violencia que utiliza precisamente aquello que más amamos para hacernos daño. El vínculo con nuestros hijos se convierte en el lugar donde el agresor intenta producir el mayor dolor posible y, con ello, la distancia física comienza a confundirse con una idea terrible: que si no estamos ahí, estamos fallando como madres. Pero no es verdad. La maternidad no desaparece porque una puerta se cierre, porque una convivencia se interrumpa o porque una distancia sea impuesta. El amor no funciona con la lógica de las fronteras. Podemos estar lejos y seguir estando presentes de muchas maneras que quizá hoy no alcanzamos a ver.
La escritura puede ayudarnos a recordar esa diferencia. Puede convertirse en un pequeño espacio de refugio durante esas noches en las que nuestra cabeza no deja de pensar. No necesitamos saber escribir ni hacerlo bonito, ordenado o coherente. No necesitamos pensar en quién podría leerlo algún día. Podemos simplemente tomar una libreta y comenzar a poner afuera todo aquello que llevamos horas dando vueltas dentro de nuestra cabeza. Podemos escribir: hoy te extraño, hoy me duele no saber cómo fue tu día, hoy tengo miedo, hoy estoy enojada, hoy me siento culpable, hoy quisiera abrazarte, hoy quisiera escuchar tu voz, hoy quisiera saber qué desayunaste, hoy quisiera estar ahí para arroparte. Podemos escribir todo aquello que no cabe en una conversación, porque hay dolores que no caben en la voz y necesitan otro lugar donde existir. A veces una hoja puede convertirse en ese lugar.
Cuando los pensamientos permanecen dentro de nosotras pueden crecer, mezclarse y convertirse en certezas que no necesariamente corresponden con la realidad. La ansiedad tiene esa capacidad: toma una preocupación y la convierte en una historia completa; toma un miedo y lo transforma en un futuro que todavía no existe. Nos hace imaginar que nuestros hijos nos olvidarán, que dejarán de querernos, que ya no tendremos un lugar en sus vidas. Nos hace vivir pérdidas antes de que ocurran y castigarnos por ellas. Escribir puede ayudarnos a detener ese movimiento, aunque sea durante unos minutos. Al poner las palabras sobre el papel, aquello que parecía un nudo comienza poco a poco a desenredarse. No porque el problema haya desaparecido, sino porque ya no estamos obligadas a sostenerlo todo dentro del cuerpo.
También podemos escribirles. Podemos hacerlo aunque no sepamos cuándo volveremos a verlos. Podemos escribir una carta para su cumpleaños, para Navidad, para el día en que aprendieron algo nuevo o para ese momento que nos hubiera gustado acompañar. Podemos contarles lo que pensamos, lo que sentimos, lo que recordamos. Podemos hablarles de un recuerdo que apareció esa mañana, de una canción que nos hizo pensar en ellos, de algo que nos hubiera gustado preguntarles. Podemos guardar esas cartas en una caja, en una carpeta, en una libreta. Tal vez algún día podamos entregárselas. Tal vez algunas nunca lleguen a sus manos. Pero escribirlas nos permite decir aquello que hoy necesita ser dicho y conservar dentro de nosotras una parte de ese vínculo que la violencia intenta interrumpir.
Porque una de las cosas más dolorosas de la violencia vicaria es sentir que la vida de nuestros hijos continúa sin nosotras. Mientras ellos crecen, cambian sus gustos, sus voces, sus cuerpos, sus maneras de mirar el mundo. Aprenden cosas nuevas, descubren personas, atraviesan experiencias que quizá no podremos conocer en el momento en que suceden. Y nosotras sentimos que el tiempo se nos escapa entre las manos. Hay un duelo profundo por todo aquello que está ocurriendo y que no podemos acompañar, por las pequeñas escenas de la vida cotidiana que una madre quisiera guardar en la memoria y que, sin embargo, están sucediendo lejos.
Pero la ausencia física no borra la historia compartida. No borra los años de cuidados, los juegos, las enfermedades, las conversaciones, las comidas, las risas, los primeros pasos, las primeras palabras, los abrazos ni todas esas veces que nuestros hijos nos buscaron y encontraron nuestros brazos. La violencia puede interrumpir la convivencia, imponer una distancia e intentar romper un vínculo, pero no puede borrar todo lo que existió antes de ella. Nuestra historia no comienza el día de la separación. Nuestra maternidad tampoco. Hay una vida entera construida antes de esta ausencia, una vida hecha de momentos que existen aunque hoy no podamos regresar a ellos.
Por eso escribir también puede ser una manera de conservar nuestra memoria. Podemos escribir aquello que tenemos miedo de olvidar: cómo era nuestra hija cuando era pequeña, cómo sonreía, qué palabras decía, qué cosas le gustaban; podemos escribir sobre nuestro hijo, sobre sus ocurrencias, sobre aquella tarde en que nos hizo reír hasta que nos dolió el estómago. Podemos escribir los detalles que parecen pequeños pero que algún día podrían convertirse en tesoros. No para quedarnos atrapadas en el pasado, sino para reconocer que nuestra maternidad ha estado hecha de miles de momentos que nadie puede quitarnos. Escribir puede ser como encender una pequeña luz en una habitación oscura: no cambia lo que ha ocurrido, pero nos permite volver a mirar aquello que temíamos perder de vista.
Y quizá también necesitamos escribirle a nuestra propia culpa. Decirle que entendemos por qué está ahí, porque nace del amor y del deseo de proteger, pero que no vamos a permitir que se convierta en otra forma de violencia contra nosotras mismas. No podemos responsabilizarnos por las decisiones de quien ejerció violencia. Hacer todo lo posible por nuestros hijos no significa tener el poder de controlar las acciones de un agresor, las decisiones de otras personas o los tiempos de un proceso judicial. Hay una diferencia enorme entre reconocer aquello que podemos hacer y cargar con aquello que nunca estuvo en nuestras manos, y aprender a distinguir una cosa de la otra puede ser una de las tareas más difíciles de este proceso.
La escritura puede ayudarnos a encontrar esa diferencia. Podemos escribir qué está bajo nuestro control y qué no, qué necesitamos hoy, qué nos ayudaría a atravesar esta noche, a quién podemos llamar, qué podemos hacer por nosotras mismas cuando la angustia aparezca. Podemos escribir incluso cuando no tengamos nada que decir y solamente necesitemos llenar una página con nuestras lágrimas. No hay una forma correcta de hacerlo. A veces serán páginas enteras y otras veces apenas una frase. A veces escribiremos con claridad y otras veces solamente aparecerán palabras desordenadas. Todo está bien. La escritura no tiene que ser perfecta para ser verdadera.
Y hay algo más: escribir también es un acto de justicia. De justicia hacia nosotras mismas. Hacia esa mujer que durante tanto tiempo tuvo que callar, contenerse, explicar lo inexplicable y seguir adelante aunque por dentro estuviera rota. Escribir es darle un lugar a lo que sentimos, reconocer que nuestro dolor importa y permitirnos escuchar una voz que quizá durante demasiado tiempo quedó enterrada debajo de las exigencias, del miedo, de la culpa y de la necesidad de sobrevivir. Cuando escribimos dejamos de pelear, aunque sea por unos minutos, con todo aquello que no podemos controlar y comenzamos a escucharnos. Ponemos nombre a la tristeza, al miedo, al enojo, a la culpa y también a la esperanza. Y cuando algo tiene un nombre, deja de ser una sombra que nos persigue por toda la habitación y comienza a convertirse en algo que podemos mirar.
Escribir también puede ser decirnos: yo te creo. Creo en lo que sentiste. Creo en lo que viviste. Sé cuánto has amado. Sé cuánto has intentado. Sé cuánto te duele. Y quizá esa sea una de las formas más profundas de justicia que podemos darnos cuando hemos pasado tanto tiempo dudando de nosotras mismas. No se trata de escribir para demostrar nada. Se trata de escribir para volver a encontrarnos, para recuperar nuestra voz, para recordar quiénes éramos antes de que la violencia ocupara tanto espacio en nuestras vidas y para descubrir quiénes estamos siendo después de todo lo que hemos atravesado.
Porque sanar no significa olvidar. Sanar tampoco significa dejar de extrañar a nuestros hijos ni aceptar la ausencia como si no doliera. Duele. Hay ausencias que duelen todos los días. Hay días en los que conseguimos respirar con un poco más de calma y noches en las que sentimos que estamos nuevamente en el principio. La escritura no va a hacer desaparecer esa realidad, pero puede ayudarnos a atravesarla. Puede convertirse en ese lugar al que regresamos cuando necesitamos sacar lo que pesa, cuando necesitamos llorar sin explicaciones, cuando necesitamos ordenar el caos o simplemente cuando necesitamos recordar que seguimos siendo una persona completa aunque una parte de nuestra vida esté profundamente herida.
Podemos escribir para llorar, para enojarnos, para recordar, para despedirnos de lo que ya no podemos cambiar y para imaginar lo que todavía queremos construir. Podemos escribir sobre nuestros hijos, pero también sobre nosotras. Sobre lo que queremos volver a hacer, sobre aquello que dejamos pendiente, sobre la mujer que queremos ser cuando esta etapa de nuestra vida deje de ocuparlo todo. Porque reconstruirnos también significa volver a mirarnos más allá de la ausencia. Somos madres, sí, pero somos también mujeres con sueños, deseos, proyectos, capacidades y una vida que merece seguir existiendo.
Cada vez que tomamos una hoja y ponemos una palabra frente a otra hacemos algo profundamente nuestro: recuperamos el derecho a escucharnos. Y quizá ahí comienza una parte de la sanación. No en dejar de sentir, sino en permitirnos sentir sin juzgarnos. No en olvidar, sino en recordar sin que cada recuerdo nos destruya. No en dejar de amar a nuestros hijos, sino en aprender a sostener ese amor sin permitir que la distancia nos quite también a nosotras mismas.
Y quizá, después de escribir durante unos minutos, podamos cerrar la libreta, dejar el lápiz sobre la mesa y respirar. Nuestros hijos siguen siendo nuestros hijos aunque esta noche no podamos abrazarlos. Seguimos siendo sus madres aunque hoy no sepamos cómo fue su día. Seguimos amándolos aunque la distancia haya sido impuesta. Y también tenemos derecho a descansar, a reír, a hacer planes, a reconstruir nuestra vida y a volver a encontrarnos con nosotras mismas. Seguir viviendo no significa olvidarlos. Cuidarnos no significa abandonarlos. Reconstruirnos no significa renunciar a ellos. A veces reconstruirnos es precisamente la manera de mantenernos de pie.
Mientras llega el día en que podamos volver a abrazarlos, podemos escribirles, guardar nuestras palabras, conservar nuestros recuerdos y permitirnos sacar del corazón aquello que ya no podemos seguir cargando solas. Porque una madre puede estar lejos y seguir amando. Puede perder momentos y seguir construyendo memoria. Puede llorar durante una noche entera y levantarse al día siguiente para continuar. Puede sentirse rota y aun así comenzar a reconstruirse, palabra por palabra, página por página.
Y puede escribir.
Escribir para no perderse a sí misma en medio de la ausencia. Escribir para volver a escucharse. Escribir para recordar que detrás de esta distancia sigue existiendo una historia. Escribir para darle un lugar al dolor y también a la esperanza. Escribir para sanar.
Porque a veces, cuando todo parece habernos quitado la voz, una hoja en blanco nos devuelve la posibilidad de hablar.
Y quizá eso también sea justicia.
La justicia de volver a creer en nuestra propia voz.
La justicia de decirnos que nuestra historia importa.
La justicia de permitirnos sanar.
Y al final de una de esas noches, después de haber escrito todo aquello que durante horas no nos dejó dormir, quizá podamos cerrar la libreta, apagar la luz y decir en silencio:
Estoy aquí.
Te amo.
Nunca dejé de ser tu mamá.

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