El otro lado del “no”

No recuerdo exactamente si iba en segundo o tercero de primaria, pero sí recuerdo perfectamente la sensación. En mi salón, los alumnos que tenían las mejores calificaciones habían formado un club. Para mí era emocionante la idea de pertenecer. Reuní el valor para pedir que me dejaran entrar.

Me dijeron que no.

Podría parecer una anécdota sin importancia, una de tantas que ocurren en la infancia. Pero, sin saberlo, ese día aprendí una lección que ha marcado gran parte de mi vida.

Después del rechazo, decidí que no iba a quedarme con el “no” en la cara. Si ellos tenían un club, yo también podía tener uno. Así que reuní a mis amigos y fundamos el nuestro. Nos reuníamos en la azotea de la casa de un compañero. Inventábamos nuestras propias actividades, nuestras propias reglas y nuestras propias aventuras.

No necesitábamos permiso para crear algo que nos hiciera felices.

Con los años entendí que aquel pequeño acto de rebeldía infantil era mucho más que un juego. Era mi manera de responder al rechazo.

Desde entonces, un “no” nunca ha significado para mí que no tenga talento, que no sea suficiente, que ese camino esté prohibido o que alguien haya decidido que ese lugar no me corresponde.

Un “no” simplemente significa que tendré que abrir mi propio camino.

Me cuesta entender por qué, como sociedad, aceptamos que existan personas o instituciones que parezcan tener el poder absoluto de decidir quién puede y quién no puede cumplir un sueño. ¿Quién determina quién merece una oportunidad? ¿Quién decide qué historias deben ser contadas y cuáles deben permanecer en silencio?

A lo largo de mi vida me he encontrado con muchos “no”. Algunos fueron explícitos; otros llegaron disfrazados de burocracia, de prejuicios, de miedo o de incredulidad. Sin embargo, cada uno de ellos terminó empujándome a construir una alternativa.

La publicación de Nunca dejé de ser tu mamá es uno de esos ejemplos.

Pude haber esperado la aprobación de una editorial. Pude haber permitido que un comité decidiera si mi historia era suficientemente valiosa para ser publicada. Pude haber aceptado condiciones que no representaban mi visión o renunciar a la libertad sobre mi propia obra.

Pero elegí otro camino.

Decidí publicar el libro de manera independiente. No porque fuera el camino más fácil —porque definitivamente no lo es— sino porque entendí que mi historia no necesitaba el permiso de nadie para existir.

Hoy sostengo mi libro entre las manos y pienso en aquella niña que un día fue rechazada de un club escolar. Si ese “no” hubiera sido suficiente para detenerla, probablemente muchas de las cosas que he construido jamás habrían existido.

Con frecuencia confundimos el rechazo con un veredicto. Creemos que alguien más tiene la autoridad para definir nuestros límites. Pero la mayoría de las veces, un “no” no habla de nuestras capacidades; habla de los límites, intereses o decisiones de quien lo pronuncia.

No todos los caminos tienen una puerta abierta.

Algunos hay que construirlos.

Y, aunque implique más trabajo, más incertidumbre y más responsabilidad, caminar por un sendero que uno mismo abrió tiene algo profundamente liberador.

Quizá por eso, cada vez que escucho un “no”, ya no pienso en una puerta cerrada.

Pienso en la posibilidad de construir una nueva entrada.

Ese mismo principio también me ha acompañado en una de las luchas más importantes de mi vida: la violencia vicaria.

Durante años nos dijeron que no.

Nos dijeron que no existía. Que eran “conflictos de pareja”. Que era un asunto familiar. Que exagerábamos. Que primero debíamos resolver la custodia. Que no había delito. Que no había nada que investigar.

Nos dijeron “no” una y otra vez.

Pero un “no” no puede arrebatarnos el derecho a maternar. Un agresor no puede decidir borrar a una madre de la vida de sus hijas e hijos. No puede convertir el amor en un arma ni utilizar a la infancia como instrumento de venganza. Tampoco puede ser el sistema quien legitime esa violencia negándonos el acceso a la justicia, minimizando nuestros casos o dejando que nuestros expedientes queden olvidados en un archivo.

Nuestro derecho a maternar no depende de la voluntad de un agresor ni de la indiferencia de las instituciones; es un derecho humano que el Estado tiene la obligación de proteger.

Cuando comenzamos esta lucha, ni siquiera existía una ley que reconociera la violencia vicaria como una forma de violencia contra las mujeres. Tuvimos que abrirnos paso. Tocamos puertas que permanecían cerradas. Nos organizamos. Participamos en mesas de trabajo. Alzamos la voz. Hicimos visibles nuestras historias. Explicamos una y otra vez que utilizar a las hijas y a los hijos para dañar, controlar o destruir a una madre también es violencia.

No esperamos a que alguien nos diera permiso para hablar de violencia vicaria.

Fuimos nosotras quienes obligamos al Estado a verla.

Hoy ese esfuerzo colectivo ha dado frutos. Lo que durante años fue invisibilizado hoy tiene nombre en la ley.

En noviembre de 2023, el Congreso de la Unión aprobó una reforma histórica que reconoció la violencia vicaria —denominada en el ámbito federal como violencia ejercida a través de interpósita persona— en la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencias. La reforma también modificó el Código Penal Federal y el Código Civil Federal, estableciendo medidas para prevenir, atender y sancionar esta forma de violencia, así como proteger a las mujeres, niñas, niños y adolescentes víctimas de ella.

El avance no fue únicamente federal. A partir del impulso de miles de madres protectoras y organizaciones civiles, casi todas las entidades federativas han reformado su legislación para reconocer la violencia vicaria en sus leyes de acceso a una vida libre de violencia. En la mayoría de los estados también se han realizado reformas a los códigos penales y civiles o familiares para establecer sanciones, medidas de protección y consecuencias jurídicas para los agresores, como la suspensión o pérdida de la patria potestad, restricciones al régimen de convivencias y la imposición de penas de prisión, dependiendo de la legislación de cada entidad. Sin embargo, la armonización aún no es completa y persisten diferencias importantes entre los estados en cuanto a la tipificación del delito, las sanciones y la forma en que las autoridades investigan y protegen a las víctimas.

Nada de esto ocurrió porque un día las instituciones decidieran actuar por voluntad propia. Ocurrió porque miles de mujeres nos negamos a aceptar un “no” como respuesta. Tocamos puertas, organizamos colectivos, participamos en parlamentos abiertos, dialogamos con legisladoras y legisladores, marchamos, cerramos calles y con cacerolas, llegamos hasta la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Esa es la realidad de los grandes cambios sociales: rara vez comienzan cuando las instituciones deciden abrir la puerta. Casi siempre sucede al revés. Primero hay personas que se atreven a desafiar el “no”, que cuestionan lo establecido y que insisten hasta ser escuchadas. Después llega la ley.

Así fue con aquella niña que fundó su propio club en la azotea de la casa de un amigo.

Así fue con la publicación independiente de Nunca dejé de ser tu mamá.

Y así ha sido con la lucha de miles de madres protectoras que decidimos que un sistema que nos decía “no” no tendría la última palabra.

Porque los derechos no se mendigan.

Se ejercen.

Y cuando es necesario, también se conquistan.


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