La violencia vicaria está ahí cuando nos vamos a la cama, nos acompaña en la madrugada cuando no logramos dormir y vuelve a aparecer cuando nos levantamos. Se mete en la cama con nosotras, se sienta a la orilla de la madrugada y nos despierta antes que el despertador. Se refleja en la mirada, como el humo que queda después de un incendio. Se siente sobre la piel y se esconde en las manos crispadas, en la mandíbula apretada de tanto contener palabras que nadie quiso escuchar.
El cuerpo aprende a vivir en guardia. El cuello se mantiene rígido, el pecho pesa, el estómago se convierte en un nudo y cualquier llamada puede abrir de golpe una herida que nunca terminó de cerrar. El teléfono deja de ser un objeto y se convierte en una fuente de incertidumbre: puede traer una noticia, una amenaza o una voz que confirme aquello que más tememos. El cuerpo anticipa el golpe antes de que llegue. Hay dolores que no sangran porque aprendieron a esconderse debajo de la piel.
Hay noches que parecen no terminar y mañanas en las que levantarse de la cama exige una fuerza que nadie ve. Afuera, el mundo continúa con su ritmo habitual: los coches avanzan, las tiendas abren, la gente lleva a sus hijos a la escuela, compra pan, habla del clima. Pero para una madre que vive la violencia vicaria, el tiempo puede haberse detenido en un instante preciso. Mientras el mundo sigue su curso, ella aprende a vivir con una ausencia.
Cuando te arrancan a tus hijos, no solamente te quitan su presencia: te quitan la vida cotidiana que construías con ellos. Las voces al despertar, los platos en la mesa, las mochilas tiradas en cualquier rincón, los abrazos inesperados, los “buenas noches”, los “ya llegué”, las conversaciones que parecían insignificantes hasta que dejaron de existir. Te quitan una enfermedad que no pudiste acompañar, un cumpleaños vivido a la distancia, una tarde cualquiera, una conversación pendiente. Te arrancan pedazos de tiempo que nadie puede devolver. Y es entonces cuando comprendes que la ausencia no es solamente no tener a alguien cerca; es perder una parte de la vida que ocurría cuando estaban contigo. La maternidad queda suspendida en esos momentos que ya no puedes vivir, mientras una parte de ti sigue pendiente de unos pasos que quizá algún día vuelvan a cruzar la puerta.
Hay dolores que no necesitan tocarte para destruirte. Hay silencios que hacen más ruido que cualquier grito y pérdidas que ninguna palabra alcanza a contener. La violencia vicaria puede convertir la vida cotidiana en un ejercicio de resistencia: trabajar mientras duele, hablar mientras falta la voz, sonreír cuando por dentro todo está en pausa. Y, aun así, seguir.
La violencia vicaria nos mantiene muertas en vida y convierte a nuestros hijos en huérfanos. Medias muertas, medias vivas.
Por eso dicen que el cuerpo habla cuando las palabras ya no alcanzan. Hablan las manos, la piel, las ojeras, la mandíbula, la mirada. Habla el cansancio. Habla el insomnio. Habla esa forma de quedarse quieta durante unos segundos cuando alguien menciona su nombre. El cuerpo guarda las noches en vela, las lágrimas tragadas, el miedo, la rabia y también el amor. Porque algunas heridas no están sobre el cuerpo. Son el cuerpo.

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