Hay historias de separación que comienzan mucho antes de que aparezca un expediente. Comienzan en una casa, en los años dedicados al cuidado, en las horas que no se contabilizan, en las noches sin dormir, en las citas médicas, en las tareas escolares, en las comidas, en la ropa limpia, en las enfermedades. Comienzan en estar, cuidar y sostener. Muchas mujeres construyen su vida alrededor de esas tareas mientras sus parejas desarrollan su vida profesional y económica. No porque no tengan capacidades ni porque no quieran trabajar, sino porque así se organizó la familia. Alguien tenía que cuidar, y muchas veces esa persona fueron ellas.
El problema aparece cuando la relación termina. El trabajo de cuidados no siempre se convierte en patrimonio. No aparece en una cuenta bancaria, no genera prestaciones y no siempre deja una pensión. Puede significar años de menores ingresos, interrupciones profesionales, dependencia económica y renuncias que después no aparecen en ninguna fotografía del divorcio. Entonces llega la separación y una mujer puede descubrir que, después de años de sostener una familia, no tiene patrimonio suficiente para sostenerse a sí misma. Puede quedarse sin vivienda, sin ingresos propios, sin ahorros, sin una red económica o sin capacidad inmediata para reincorporarse al mercado laboral en las mismas condiciones que tenía antes.
Y algunas, además, terminan sin sus hijos.
Ahí comienza una de las contradicciones más dolorosas de la violencia vicaria. Después de años de desigualdad económica y patrimonial, una mujer puede encontrarse enfrentando también una disputa por sus hijos desde una posición profundamente desigual. En algunos casos existe una secuencia que merece ser observada con mucho cuidado: un hombre incumple con su obligación alimentaria, la mujer reclama judicialmente el pago, él es demandado y, en lugar de asumir la obligación que corresponde, puede intentar modificar la situación mediante la retención o sustracción de los niños y, posteriormente, solicitar que sea ella quien pague una pensión.
La posición se invierte. El que antes debía, ahora reclama. La que antes sostenía, ahora es señalada como deudora. Y entonces aparece una nueva narrativa: “Yo soy quien se hace cargo”, “yo soy el buen padre”, “yo estoy pendiente de mis hijos”, “yo sí tengo valores”, “una madre tiene el deber moral de mantener a sus hijos”. Todo puede sonar correcto cuando se cuenta solamente desde el presente. Pero falta una parte de la historia.
La que pregunta quién dejó de pagar, quién tuvo que reclamar judicialmente, quién había quedado en una situación de vulnerabilidad económica, quién había realizado durante años el trabajo de cuidados, quién había renunciado a oportunidades para sostener la vida familiar, quién tenía patrimonio, quién tenía ingresos y quién tenía capacidad económica. Y, sobre todo, qué ocurrió antes de que los hijos fueran retenidos o sustraídos.
Porque la historia no empieza cuando el padre aparece diciendo que ahora él se hace cargo. Empieza mucho antes. Y eso es precisamente lo que significa hablar de contexto.
La Suprema Corte de Justicia de la Nación ha insistido en que las autoridades deben analizar los casos de violencia tomando en cuenta el contexto, las relaciones de poder y los antecedentes, y no estudiar cada hecho como si existiera aislado de los demás. Esto resulta particularmente importante en los casos de violencia vicaria, porque una denuncia por alimentos no es solamente una denuncia; una separación no es solamente una separación; una disputa por la custodia no es solamente una disputa; y una retención de los hijos no es solamente una retención. Cada hecho puede formar parte de una historia más amplia.
Esa historia puede revelar control, violencia económica, violencia patrimonial, desigualdad, una estrategia para recuperar poder y la utilización de los hijos dentro de esa estrategia. No se trata de afirmar que toda solicitud de pensión alimenticia por parte de un padre sea violencia vicaria. No lo es. Tampoco se trata de asumir que toda retención o sustracción tiene automáticamente la misma explicación. Se trata de algo más básico: no borrar los antecedentes.
Porque si una mujer fue económicamente violentada durante años, si quedó sin patrimonio después de la separación, si dependía económicamente de su pareja, si tuvo que reclamar una pensión y después ellos fueron retenidos o sustraídos, no podemos analizar el último acontecimiento como si fuera el primero. Hay una historia, y esa historia importa.
Importa porque no todas las personas llegan a un proceso familiar desde el mismo lugar. Hay quienes tienen dinero para abogados y quienes no. Hay quienes pueden dejar de trabajar para atender un proceso judicial y quienes no pueden. Hay quienes pueden trasladarse, quienes tienen vivienda, quienes cuentan con redes familiares y quienes están completamente solas. La igualdad jurídica no significa que esas diferencias dejen de existir; significa que deben ser reconocidas al momento de analizar el caso.
Y hay algo más que necesitamos decir: el cuidado también tiene valor. Aunque no aparezca en una nómina, aunque no tenga recibos y aunque nadie haya depositado un salario por hacerlo, cuidar también es sostener económicamente una familia. Cada hora que una mujer dedica al cuidado es una hora que no dedica a generar ingresos. Cada oportunidad profesional que pierde tiene un costo. Cada año fuera del mercado laboral tiene consecuencias. Cada decisión de poner a los hijos primero puede reducir su autonomía económica.
Cuando después de todo eso llega un divorcio, no podemos actuar como si ambos hubieran hecho las mismas aportaciones y hubieran salido de la relación con las mismas posibilidades. No es así. La desigualdad construida durante años no desaparece porque un juez declare terminado un matrimonio.
Por eso resulta tan grave que algunos hombres puedan recorrer la vida hablando de su responsabilidad como padres mientras omiten contar que antes dejaron a sus parejas en una situación de indefensión económica y patrimonial. Hablan de valores, de deber moral y de responsabilidad, pero los valores también se demuestran cuando nadie está mirando: cuando hay que pagar, cuando hay que sostener, cuando hay que compartir los gastos, cuando la relación terminó y ya no existe ninguna recompensa emocional por cumplir.
Ser padre no comienza cuando los hijos viven contigo. La responsabilidad parental no aparece después de una separación y la obligación alimentaria no puede convertirse en una herramienta de poder. Tampoco debería utilizarse a los hijos para modificar artificialmente las posiciones económicas entre los progenitores.
Porque entonces el problema deja de ser solamente quién paga. La pregunta se vuelve quién tenía el poder económico, quién lo perdió, quién quedó en indefensión y quién recuperó el control mediante los hijos.
Ahí aparece la asimetría. Una mujer puede haber pasado años sin patrimonio propio, con ingresos limitados o dependiendo económicamente de su pareja. Puede atravesar un divorcio y quedarse sin casa, sin ahorros y sin estabilidad. Y después puede perder a sus hijos. Mientras tanto, el hombre puede conservar sus ingresos, su patrimonio, su capacidad económica y, además, construir públicamente la imagen del padre que “se hace cargo”.
Esa imagen puede ser muy poderosa, pero una imagen no reemplaza una historia. Y una historia no puede comenzar en el momento que más conviene.
Por eso, cuando se analiza un caso de violencia vicaria, hay que mirar hacia atrás: antes de la denuncia, antes de la custodia, antes de la retención, antes de la sustracción y antes de la solicitud de pensión. Hay que preguntar qué ocurrió durante los años anteriores, quién cuidó, quién aportó, quién dejó de aportar, quién controló el dinero, quién acumuló patrimonio, quién quedó sin recursos, quién intentó recuperar su autonomía y qué ocurrió cuando lo hizo.
Porque muchas veces la violencia no aparece como un único acto. Es una cadena: una violencia económica que después se convierte en violencia patrimonial, una separación que deja una profunda desigualdad, una demanda que busca recuperar un derecho, una respuesta que utiliza a los hijos y, finalmente, una nueva exigencia económica que coloca a la mujer, otra vez, en una posición de desventaja.
Por eso la violencia vicaria no puede mirarse solamente desde el momento en que una madre pierde el contacto con sus hijos. Hay que mirar todo lo que perdió antes.
Y, en algunos casos, entender que puede haberlo perdido casi todo: su patrimonio, su estabilidad, su autonomía, su red de apoyo y, finalmente, sus hijos.
Entonces la pregunta ya no puede ser solamente quién tiene hoy a los niños. La pregunta es: ¿qué historia de desigualdad, violencia y ejercicio del poder hizo posible que una mujer terminara sin nada?
Porque la violencia vicaria no siempre empieza con la sustracción de los hijos. A veces empieza mucho antes. Y para entenderla, tenemos que atrevernos a mirar todo lo que ocurrió antes de que alguien intentara borrar la historia.

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