Ocho años

Han pasado ocho años desde aquella decisión. Ocho años desde que decidí cambiar el rumbo de mi vida sin saber realmente todo lo que vendría después. No tenía todas las respuestas ni podía imaginar los caminos que tendría que recorrer, pero sí tenía algo muy claro: no estaba pensando solamente en mí. Mis hijos estaban en el centro de lo que estaba haciendo. Quería salir de una historia que conocía demasiado bien y evitar que ellos crecieran dentro de ella. Quería romper con aquello que había visto en mi propia infancia y abrir una puerta hacia algo distinto para nosotros y para las generaciones que algún día vendrían después. Hay decisiones que se parecen a cerrar una puerta a oscuras: no sabemos qué existe del otro lado, solamente sabemos que ya no podemos seguir dentro. Yo crucé aquella puerta sin un mapa, sin saber cuánto duraría el camino ni cuántas veces tendría que volver sobre mis propios pasos, pero con la certeza de que permanecer donde estaba significaba condenarnos a repetir una historia que yo ya no quería heredarles.

Hoy, cuando miro hacia atrás, no encuentro solamente lo que dejé. Encuentro también todo lo que comenzó. He tenido que reconstruirme, conocerme de otra manera, descubrir capacidades que no sabía que tenía y aprender a escuchar mi propia voz después de tantos años de haber aprendido a callarla. He vuelto a empezar, he cometido errores, he aprendido y he construido cosas que aquella mujer que dio el primer paso probablemente nunca habría imaginado. Durante estos ocho años he tenido que levantar una vida con los materiales que tenía a la mano: algunos estaban rotos, otros habían quedado enterrados bajo años de miedo y otros ni siquiera sabía que existían. Poco a poco fui entendiendo que reconstruirse no significa volver a ser quien una vez fuimos, sino aprender a habitar de otra manera la persona en la que nos hemos convertido. A veces tuve que construir sobre las ruinas, recoger aquello que todavía podía salvarse y descubrir que incluso de los restos de una vida también puede levantarse una casa nueva.

Hay algo que puedo reconocer con claridad: no he podido dejar completamente atrás aquella etapa, pero no ha sido porque yo haya decidido permanecer en ella. La violencia vicaria y la violencia institucional han hecho que una historia que terminó hace años siga teniendo consecuencias en mi presente. Hay circunstancias que no se pueden cerrar solamente con voluntad; hay heridas cuya cicatriz se vuelve a abrir cuando el pasado encuentra nuevas formas de tocar nuestra vida. Durante mucho tiempo pensé que avanzar significaba dejar todo aquello atrás, como quien abandona una casa y no vuelve nunca más a mirar hacia ella, pero he aprendido que no siempre podemos elegir la distancia que habrá entre nosotros y aquello que nos lastimó. Una sombra puede acompañarnos durante un tramo del camino sin convertirse por eso en nuestro destino. Que algunas páginas de mi historia permanezcan abiertas no significa que siga viviendo dentro de ellas. Mi presente está en todo lo que he construido desde entonces, en las decisiones que tomo hoy, en las palabras que ahora puedo pronunciar y en la mujer que aprendí a ser después de haber creído durante tanto tiempo que no sabía quién era.

La vida tampoco tomó el rumbo que yo hubiera imaginado. Hay ausencias y experiencias que me hubiera gustado poder evitar, momentos en los que he deseado que las cosas hubieran sido diferentes y dolores que ninguna madre quisiera atravesar. Pero he aprendido que no todo lo que ocurre después de una decisión está bajo nuestro control. A veces podemos elegir el camino y, aun así, no podemos elegir el paisaje que encontraremos después. Hay tormentas que llegan incluso cuando hemos hecho todo lo posible por protegernos de ellas; hay pérdidas que no estaban contempladas en ningún plan y preguntas para las que no existe una respuesta capaz de devolvernos lo que deseábamos. Lo único que permanece verdaderamente en nuestras manos es la manera en que respondemos a lo que nos sucede, la forma en que decidimos seguir viviendo cuando la vida no se parece a aquello que habíamos imaginado. Y quizá ahí está una de las formas más profundas de resistencia: no permitir que aquello que nos ocurrió determine por completo aquello en lo que podemos convertirnos.

Estos años me enseñaron que construir una vida propia no significa encontrar una vida sin dolor. Significa recuperar la capacidad de decidir quién quiero ser, qué quiero construir y qué lugar quiero darle a lo vivido. Significa dejar de vivir como si el pasado tuviera la última palabra. Durante mucho tiempo pensé que sanar implicaba llegar a un punto en el que nada de aquello pudiera volver a dolerme, pero hoy entiendo que quizá sanar es algo diferente: es poder mirar las heridas sin dejar que ellas decidan hacia dónde caminar. Es aprender a llevar algunas cicatrices sin convertirlas en nuestra identidad. Es poder decir que aquello ocurrió, que tuvo consecuencias, que hubo cosas que me rompieron y que, aun así, no consiguieron quedarse con todo lo que soy. Mi historia no terminó en el momento en que salí de aquella vida; en muchos sentidos, fue precisamente ahí cuando comenzó la parte de la historia que todavía estoy escribiendo.

Hoy miro a la mujer que dio aquel paso con mucha ternura. No sabía cuánto tendría que enfrentar, cuánto duraría el camino ni cuántas veces tendría que reconstruirse. No sabía que algunas batallas durarían mucho más que la relación de la que estaba intentando salir, ni que habría momentos en los que tendría que preguntarse si había sido posible elegir otro destino. Pero sabía que merecía otra vida y que había algo más allá de aquello que creía destinada a vivir. No necesitaba tener todas las respuestas para comenzar. Le bastó una certeza pequeña, pero suficiente: no quería seguir viviendo de esa manera. Ahora sé que no siempre necesitamos ver el camino completo para dar el primer paso; a veces basta con distinguir una pequeña franja de luz al fondo y confiar en que podemos llegar hasta ella. Aquella mujer no sabía en quién se convertiría, pero tuvo el valor de dejar de aceptar que el miedo fuera el lugar donde terminaría su historia.

Ahora no quiero mirar hacia atrás solamente desde lo que perdí. Quiero hacerlo desde todo lo que encontré. Encontré mi voz, mi capacidad de escribir, proyectos que alguna vez parecieron imposibles y una manera de transformar mi historia en palabras que puedan acompañar a otras personas. Encontré también una versión de mí que durante mucho tiempo había permanecido escondida, como una habitación de la casa a la que durante años no me había atrevido a entrar. Y cuando finalmente abrí esa puerta, descubrí que allí seguían esperando partes de mí que creía perdidas: mis deseos, mis ideas, mi capacidad de crear, de imaginar y de volver a comenzar. Tal vez eso sea también reconstruirse: abrir habitaciones interiores que durante años permanecieron cerradas y descubrir que, debajo de todo lo que tuvimos que hacer para sobrevivir, todavía existe una persona que quiere vivir, crear, amar y mirar hacia adelante.

No sé qué traerán los próximos años. Y ya no necesito saberlo. He aprendido que puedo seguir construyendo aun cuando algunas cosas del pasado todavía no hayan terminado de resolverse. Puedo mirar hacia adelante sin negar lo ocurrido. Puedo tener una vida plena mientras algunas páginas de la historia permanecen abiertas. Ya no necesito arrancarlas para poder continuar escribiendo. Quizá esa sea también una forma de libertad: saber que una historia puede tener capítulos pendientes sin que nosotros tengamos que quedarnos a vivir dentro de ellos. Espero que algún día ese capítulo se cierre y pueda, finalmente, dejar sus páginas atrás, pero mientras ese momento llega, sigo escribiendo las siguientes. Porque también he aprendido que esperar el cierre de una historia para comenzar a vivir sería entregarle al pasado un poder que ya no quiero darle.

Y si hoy me preguntaran si volvería a tomar aquella decisión, mi respuesta sería sí. Después de todo lo vivido, volvería a hacerlo. Ocho años después, sigo sabiendo por qué lo hice y sigo creyendo que, aunque el precio fue muy alto, todo valió la pena. Por mí, por ellos y por nuestro futuro. Porque aquella decisión no fue el final de mi historia, aunque durante mucho tiempo pensé que estaba dejando atrás una vida entera. Fue el momento en que crucé una puerta sin saber qué encontraría del otro lado; el momento en que, con miedo y sin certezas, elegí caminar hacia una vida que todavía no existía. Y quizá eso es lo que hoy puedo reconocer con mayor claridad: no salvé solamente lo que quedaba de aquella vida. También abrí el espacio para construir otra. Una que todavía está en proceso, que todavía tiene páginas en blanco y algunas páginas abiertas, pero que, por primera vez, me pertenece.


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