Conocemos el conflicto de lealtades que pueden experimentar las niñas y los niños en contextos de violencia vicaria como un mecanismo de protección. Cuando una hija o un hijo se encuentra atrapado dentro de una dinámica de violencia ejercida por su padre contra su madre, puede intentar protegerse emocionalmente tomando distancia de aquello que percibe como una fuente de conflicto o buscando mantenerse en el lugar que considera más seguro. Puede callar, negar lo que siente, modificar su comportamiento o incluso rechazar a su madre como una forma de reducir la tensión que vive y preservar el vínculo del que depende. En estos casos, la lealtad puede funcionar como una respuesta defensiva frente a una situación que el niño no tiene capacidad para resolver.
Pero existe también otro tipo de lealtad que puede operar en la violencia vicaria y que no necesariamente surge del miedo o del conflicto directo. Es una lealtad que puede construirse a partir de la deuda emocional.
En la violencia vicaria solemos buscar las formas más evidentes de manipulación: las amenazas, las prohibiciones, los mensajes explícitos o las órdenes dirigidas a niñas y niños para que se alejen de su madre. Pero el padre agresor no siempre necesita decirle a un hijo: “No veas a tu madre”, “No le hables” o “Tienes que rechazarla”. A veces el mecanismo es mucho más sutil y, precisamente por eso, más difícil de identificar.
Puede construir durante años la idea de que todo lo que hace por sus hijos representa un enorme esfuerzo, sacrificio o renuncia; que él es quien sostiene, quien protege, quien está presente y quien “lo ha dado todo” por ellos. Poco a poco, esa narrativa puede generar en el niño la sensación de que existe una deuda que debe corresponder.
La idea puede instalarse casi sin que nadie la nombre: “Después de todo lo que hace por mí, ¿cómo podría estar del lado de mi mamá?”. O: “Si quiero demostrarle que lo quiero y que valoro sus sacrificios, tengo que estar de su lado”.
No necesariamente existe una orden. Existe una presión emocional.
Y esa presión puede ser especialmente poderosa porque una niña o un niño depende de las personas adultas que lo rodean y necesita preservar sus vínculos de apego. Por eso, puede comenzar a asociar el amor y la gratitud hacia su padre con la necesidad de demostrarle lealtad. Acercarse a su madre puede entonces sentirse como una traición; defenderla, como una deslealtad; decir que la extraña, como una forma de decepcionar a su padre.
Así, rechazar a la madre puede convertirse, paradójicamente, en una manera de demostrar amor hacia el padre agresor.
El padre no necesita decirle directamente qué debe hacer. La influencia puede construirse mediante silencios, gestos, relatos repetidos, expresiones de sufrimiento, victimización o la constante exaltación de su propio sacrificio.
Frases como “yo hago todo por ti”, “hago un gran esfuerzo por cuidarte y darte todo”, “yo no me compro nada, todo lo que trabajo es para a ti” o “después de todo lo que hemos pasado juntos, ¿cómo podrías hacerme esto?” pueden parecer inofensivas cuando se observan de manera aislada. Pero dentro de una dinámica sostenida pueden transmitir al niño un mensaje mucho más profundo: para conservar el amor, la aprobación o el reconocimiento de su padre, debe responder con lealtad.
En ese momento puede surgir una confusión difícil de detectar. La niña o el niño puede creer que está tomando una decisión completamente propia, cuando en realidad está tratando de proteger un vínculo del que depende emocionalmente. Puede convencerse de que no quiere ver a su madre, de que no la extraña o de que prefiere permanecer lejos de ella, porque aceptar esos sentimientos podría colocarlo frente a un conflicto que no sabe cómo manejar.
Esto no significa que todo rechazo hacia una madre sea necesariamente producto de manipulación, ni que la palabra de una niña o un niño deba ser descartada. Sus sentimientos deben ser escuchados y respetados. Pero escuchar a los hijos también implica comprender el contexto de violencia de género en el que esos sentimientos se expresan y las relaciones de poder que pueden estar influyendo en ellos.
Porque una niña o un niño que vive violencia vicaria también es víctima. Aunque defienda a su padre. Aunque rechace a su madre. Aunque no reconozca la violencia. Aunque esté convencido de que sus decisiones son completamente propias.
Ser víctima no significa ser incapaz de sentir, pensar o decidir. Significa que está creciendo dentro de una dinámica de violencia que no eligió y de la que tampoco es responsable.
Por eso es importante distinguir entre la voz de una niña o un niño y el contexto en el que esa voz se ha construido. Escucharlo no significa asumir que todo lo que dice es producto de manipulación, pero tampoco significa ignorar las condiciones emocionales y relacionales en las que ha desarrollado sus percepciones.
Cuando hablamos de violencia vicaria, no basta con preguntar: “¿El padre le dijo al niño que rechazara a su madre?”.
También necesitamos preguntarnos qué ocurre alrededor de esa decisión. ¿Existe culpa cuando expresa cariño hacia su madre? ¿Siente que debe corresponder a los sacrificios de su padre? ¿Tiene miedo de decepcionarlo? ¿Percibe que acercarse a su madre significa ponerse en contra de él? ¿Siente que amar a su madre puede poner en riesgo el vínculo con su padre?
Estas preguntas permiten mirar más allá de las órdenes explícitas y reconocer mecanismos de violencia que pueden actuar de manera silenciosa.
La culpa, la deuda emocional, la idealización del sacrificio, el miedo a decepcionar y la necesidad de aprobación pueden convertirse en mecanismos mediante los cuales el padre agresor consigue que sus hijos participen, sin comprenderlo plenamente, en el deterioro del vínculo con su madre.
Y ahí se encuentra una de las dimensiones más dolorosas de la violencia vicaria: la hija o el hijo puede terminar defendiendo al agresor y rechazando a la madre víctima, no necesariamente porque haya dejado de quererla, sino porque ha aprendido que hacerlo es la manera de conservar la seguridad emocional dentro de la relación de la que depende.
Por eso, proteger a las niñas y los niños víctimas de violencia vicaria no significa decirles a quién deben querer ni imponerles una determinada relación con su madre. Significa garantizar que puedan construir sus vínculos sin miedo, sin culpa y sin tener que pagar una deuda emocional.
Una madre víctima de violencia vicaria no está compitiendo con el padre por el amor de sus hijos. Está intentando preservar un vínculo que el agresor busca debilitar o destruir precisamente porque sabe cuánto significa para ella.
Una hija o un hijo no debería tener que demostrarle amor a su padre rechazando a su madre.
No debería cargar con la deuda de los sacrificios de un adulto.
No debería convertirse en aliado de su agresor.
Y, sobre todo, no debería ser utilizado para lastimar a la mujer que también es víctima de esa violencia.
Porque cuando un padre agrede a una madre a través de sus hijos, ellos no dejan de ser sus hijos, pero tampoco dejan de ser víctimas.
Mirar la violencia vicaria desde esta perspectiva implica ir más allá de las órdenes y las prohibiciones. Implica observar también las emociones que el agresor construye alrededor de sus hijos: la culpa, la deuda, el miedo y la necesidad de demostrar lealtad. Porque algunas de las formas más profundas de violencia no son las que se escuchan en una orden, sino las que terminan instalándose en la mente de un niño hasta hacerle creer que alejarse de su madre es una decisión propia.

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