El arte es para todas

Hay una pregunta que quiero dejar aquí, sin resolver del todo: ¿quién decidió que el arte tenía dueña? ¿En qué momento, en qué aula, en qué sala de museo se firmó ese contrato que nos excluía a la mayoría de las mujeres? Nadie recuerda haberlo firmado y, sin embargo, ahí está, sosteniendo la idea de que crear es un privilegio de unas cuantas: las que estudiaron, las que nacieron con la mano ligera, las que tienen permiso.

Yo también creí en ese contrato alguna vez. Durante años pensé que el arte era un territorio reservado para quienes sabían hacer las cosas bien, para quienes dominaban una técnica o podían demostrar un talento especial. Tardé mucho en comprender que el arte existe mucho antes de convertirse en una obra.

Porque antes de ser obra, el arte es cuerpo. Y el cuerpo de una mujer no pide permiso para temblar. No pide permiso para llorar ni para encogerse cuando algo duele demasiado. El arte, en su forma más honesta, nace de esa misma raíz. No es una técnica que se aprueba ni una habilidad que se certifica. Es un movimiento interior que busca una salida. Quizá por eso nos han enseñado a temerle, porque aquello que no puede controlarse por completo incomoda. Es más fácil rodearlo de reglas, convertirlo en examen o encerrarlo en espacios exclusivos que aceptar que todas llevamos dentro ese impulso creador esperando manifestarse.

Y es precisamente ahí, en ese impulso contenido, donde el dolor encuentra un lugar en esta historia. Hay heridas que la palabra hablada no alcanza a nombrar. Intentamos explicar lo que sentimos y las frases se quedan cortas, como si el idioma no tuviera suficientes letras para ciertas formas de sufrimiento. Entonces aparece el color. Aparece el trazo. Aparece una hoja en blanco que no juzga y que solo espera.

Pintar un miedo no lo elimina, pero lo saca de adentro. Lo coloca frente a nosotras. Lo vuelve visible. Ya no ocupa todo el espacio interior. Escribir sin saber exactamente qué se va a escribir, dejar que la mano avance antes que el pensamiento, también puede ser una forma de alivio. No se trata de literatura. Se trata de permitir que aquello que pesa encuentre un camino para salir.

Por eso me cuesta creer cuando una mujer dice que no tiene talento para crear. Si el arte nace en el cuerpo y atraviesa la herida, entonces el talento no puede ser el punto de partida. Es apenas una consecuencia posible del recorrido. Nadie nació sabiendo caminar. Todas caímos antes de dar un paso firme. Con el arte sucede exactamente lo mismo, aunque a menudo lo olvidemos. El primer dibujo tiembla. El primer texto no dice lo que queríamos decir. La primera fotografía no es la imagen que imaginábamos. La primera canción desafina. Y eso no significa que estemos fallando. Significa que estamos aprendiendo un lenguaje nuevo.

Sin embargo, solemos compararnos. Es una de las trampas más antiguas. Comparamos nuestro primer intento con la obra terminada de alguien más y, en esa comparación imposible, abandonamos antes de empezar. Olvidamos que detrás de cada pintura, cada libro o cada composición hay años de errores, dudas y comienzos imperfectos. La mujer que hoy admiramos también comenzó temblando.

Quizá por eso necesitamos espacios donde ese temblor pueda existir sin ser juzgado. Lugares donde los colores no tengan que combinar, donde las palabras no tengan que sonar inteligentes, donde el cuerpo pueda moverse sin coreografía y donde la creación no esté sometida a la exigencia de producir algo valioso. Espacios libres del juicio ajeno, pero también del propio, que suele ser mucho más severo. Porque cuando desaparece la obligación de hacerlo bien, aparece algo mucho más importante: la posibilidad de sentir.

Para muchas mujeres, ese primer dibujo, esa primera página escrita o ese primer collage representan el primer lugar seguro donde pueden expresar lo que llevan años guardando. Y en ese gesto aparentemente pequeño ocurre algo profundo. El arte deja de ser una demostración de talento y vuelve a convertirse en lo que siempre fue: una necesidad humana. Una manera de decir lo que llevamos dentro cuando no encontramos otra forma de hacerlo.

No creo que el arte cure todas las heridas. Hay dolores que requieren tiempo, acompañamiento y procesos complejos. Pero sí creo que el arte puede ofrecer un espacio donde esas heridas respiren. Un lugar donde el sufrimiento deje de ser una carga silenciosa y se transforme en algo que puede verse, tocarse, escribirse o compartirse. Crear no cambia lo que ocurrió, pero muchas veces cambia la manera en que habitamos nuestra historia.

Y si esas heridas nacieron de la violencia, del miedo, de la pérdida o del silencio impuesto, crear puede convertirse en el primer acto de recuperación. No porque borre el pasado, sino porque devuelve algo que nadie debió arrebatarnos: la posibilidad de expresarnos con libertad.

Por eso, si alguna vez pensaste que el arte no era para ti, quiero decirte algo con calma para que permanezca contigo: estabas equivocada.

El arte no pertenece únicamente a quienes exponen en galerías, publican libros o dominan una técnica. El arte pertenece a la mujer que necesita expresar algo que todavía no encuentra palabras. A la que busca comprender lo que siente. A la que intenta reconstruirse. A la que necesita respirar un poco más profundo.

El arte ha sido tuyo desde mucho antes de que alguien intentara convencerte de lo contrario.


Una respuesta a “El arte es para todas”

  1. Avatar de Laura Vargas
    Laura Vargas

    Qué bien escribes!!!

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