Hoy no quiero hablar de violencia.
No porque haya desaparecido. No porque las heridas hayan cerrado. No porque la lucha haya terminado.
Hoy quiero hablar de las mujeres que me han sostenido.
Quiero empezar por mi madre.
La mujer que me dio la vida y que hoy me sostiene de una forma distinta. La vida tiene maneras extrañas de acomodar las cosas. Hubo un tiempo en que ella me tomó de la mano para enseñarme a caminar. Hoy soy yo quien la acompaña en algunos de sus pasos. Y aun así, sigue sosteniéndome. Porque el amor de una madre no siempre llega de la forma que esperamos, pero permanece, transformándose con el tiempo.
También quiero agradecer a las mujeres que estuvieron antes que nosotras.
A mi linaje materno.
A mi abuela, a mi bisabuela, a las mujeres cuyos nombres apenas conozco y cuyas historias se perdieron entre generaciones. No sé exactamente cuáles fueron sus luchas ni cuántas veces tuvieron que empezar de nuevo, pero sé que abrieron camino para que yo pudiera estar aquí. Sé que resistieron de maneras que quizá nunca conoceré. Y sé que cada una dejó algo que todavía vive en mí.
Pienso también en las amigas que me sostuvieron cuando tuve que volver a empezar.
Las que llegaron con muebles cuando mi casa estaba vacía.
Las que entendieron que una mesa, una silla o una cama no eran solo objetos, sino pequeñas piezas para reconstruir una vida.
Las que me prestaron su coche cuando tuve que recuperar mis pertenencias mediante una orden judicial.
Las que me ayudaron cuando el miedo y la incertidumbre parecían más grandes que mis fuerzas.
Pienso en la amiga que me prestó su automóvil para acudir a una entrevista de trabajo.
La misma que después me impulsó a aceptar ese empleo porque sabía que podía hacerlo. Porque creyó en mí cuando yo todavía estaba aprendiendo a creer en mí misma.
La que me dijo, sin necesidad de grandes discursos: “No estás sola”.
La que recogía a mis hijos cuando algún accidente en la carretera me hacía llegar tarde.
La que los llevaba a catecismo cuando el trabajo no me permitía estar en dos lugares al mismo tiempo.
La que cuidaba de ellos cuando yo tenía que resolver la vida.
La que entendió que criar también puede ser una tarea compartida.
Quiero agradecer también a las mujeres que conocí en esta lucha.
Las que caminan una batalla que jamás hubieran querido conocer.
Las que encontré en marchas, en reuniones, en juzgados, en calles tomadas por nuestra indignación y nuestra esperanza.
Las que caminaron a mi lado porque conocían el mismo dolor.
Las que me abrieron las puertas de su casa.
Las que me ofrecieron su amistad, su mesa y su familia.
Las que me enseñaron que la sororidad no es un concepto bonito para las redes sociales. Es una forma de supervivencia.
Pienso en cada mujer que conocí en la colectiva.
En las que gritamos juntas, hombro con hombro.
En las que levantamos fotografías de nuestros hijos.
En las que transformamos el dolor en exigencia de justicia.
En las que me contaban historias de sus hijos y poco a poco se convirtieron también en mis hijos.
Porque cuando una madre llora por un hijo ausente, todas entendemos ese idioma.
Porque los hijos de una, de alguna manera, terminan siendo los hijos de todas.
Gracias a las mujeres que responden el teléfono a cualquier hora.
A las que escuchan sin juzgar.
A las que entienden sin necesidad de explicaciones.
A las que sostienen silencios cuando las palabras no alcanzan.
A las que acompañan.
A las que aconsejan.
A las que cuestionan cuando es necesario.
A las que nos ayudan a mirar desde otro lugar cuando sentimos que todo está perdido.
Gracias a las que me han acompañado a audiencias.
A las que han alzado la voz cuando la mía se ha quebrado.
A las que han puesto el altavoz para exigir justicia para mí y para todas.
A las que siguen creyendo que un mundo distinto es posible.
Y gracias a mi hija.
Porque ella es mi motor.
Porque fue la razón por la que decidí cambiar la historia de nuestro linaje.
Porque me obligó a preguntarme qué patrones debía romper y qué heridas debía sanar para no heredarlas.
Porque me enseñó que el amor también puede ser una fuerza transformadora.
Porque cuando pienso en ella, pienso en futuro.
Pienso en una vida diferente.
Pienso en la posibilidad de que las mujeres que vengan después no tengan que cargar con las mismas historias que cargaron las que vinieron antes.
Y entonces entiendo algo.
Nunca llegamos solas hasta aquí.
Siempre hubo una mujer sosteniendo.
Una mujer acompañando.
Una mujer creyendo.
Una mujer tendiendo la mano cuando más la necesitábamos.
Hoy quiero nombrarlas.
Hoy quiero agradecerles.
Porque si sigo de pie, no es únicamente por mi fuerza.
Es también por todas las mujeres que me sostuvieron cuando la mía no alcanzaba.
A todas ustedes.
Gracias.

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