Hay casas que permanecen habitadas por personas que ya no viven en ellas.

No me refiero a fantasmas.

Me refiero a los recuerdos.

A las voces.

A las prohibiciones.

A las versiones de nosotras que tuvieron que hacerse pequeñas para sobrevivir.

Durante mucho tiempo pensé que reconstruir mi vida significaba dejar atrás el pasado. Mudarme. Cambiar de ciudad. Cambiar de rutina. Cambiar de nombre si era necesario.

Me equivoqué.

Porque el pasado tiene la costumbre de mudarse con nosotras.

Viaja escondido entre los cajones.
En las fotografías.
En las canciones.
En la forma en que acomodamos los platos.
En el miedo que sentimos cuando rompemos algo.
En la culpa que aparece cuando gastamos dinero en nosotras mismas.

Viaja en silencio.

Y un día descubres que ya no estás viviendo en la misma casa, pero sigues obedeciendo reglas que nadie te impone.

Entonces entiendes que la reconstrucción no consiste solamente en escapar.

Consiste en resignificar.

En volver a mirar.

En reclamar.

En nombrar de nuevo.

La pared donde nunca te dejaron colgar un cuadro puede convertirse en una galería de las cosas que amas.

La mesa donde antes se sentaba el miedo puede convertirse en un lugar para compartir vino con amigas.

La cocina donde aprendiste a sobrevivir puede transformarse en el espacio donde aprendes a nutrirte.

Porque sanar también es decorar.

Sanar también es mover muebles.

Sanar también es comprar flores.

Sanar también es llenar la casa de cosas que te recuerden quién eres.

Durante años nos enseñaron que eso era superficial.

No lo es.

El espacio que habitamos termina habitándonos.

Por eso es tan importante darle vida a nuestro hogar.

Hacerlo nuestro.

Llenarlo de arte.

De color.

De libros.

De plantas.

De silencio.

De nosotras.

Lo mismo ocurre con los lugares.

Hay personas que dicen que debemos regresar a los lugares donde fuimos felices.

Yo no estoy tan segura.

Porque muchas veces no fuimos felices.

Muchas veces sobrevivimos.

Y la memoria, generosa y traicionera, borra las partes difíciles.

Olvida el viaje a Ixtapa donde terminaron tus documentos flotando en el mar.

Olvida Oaxaca y el sonido seco de una cachetada.

Olvida Houston y el tirón del cabello que te recordó quién tenía el control.

Olvida Baja y las fotografías que nunca te permitieron tomar.

Olvida los jardines donde te quitaron el teléfono para aislarte del mundo.

La memoria suele conservar el paisaje y borrar la herida.

Por eso regresar sin conciencia puede ser una trampa.

Porque creemos que extrañamos el lugar cuando en realidad estamos persiguiendo una versión de nosotras que nunca fue libre.

Sin embargo, hay otra forma de volver.

Regresar no para recordar.

Regresar para recuperar.

Volver a caminar las mismas calles con la cabeza en alto.

Tomar las fotografías que antes estaban prohibidas.

Sentarse sola frente al mar.

Pedir otro café.

Quedarse más tiempo.

Reír más fuerte.

Respirar más profundo.

Volver para comprobar que ya nadie decide por ti.

Que ya nadie controla tu cuerpo.

Que ya nadie administra tu alegría.

Que ya nadie posee tus recuerdos.

Porque los lugares también necesitan ser liberados.

Rescatados de las historias que otros escribieron sobre ellos.

Y cuando los habitamos desde la libertad ocurre algo hermoso.

La playa deja de ser el lugar donde lloraste.

Se convierte en el lugar donde volviste a ti.

La ciudad deja de ser el escenario del miedo.

Se convierte en el mapa de tu regreso.

La casa deja de ser un refugio temporal.

Se convierte en hogar.

Y tú dejas de ser la mujer que sobrevivía.

Para convertirte en la mujer que, por fin, comienza a vivir.

Porque resignificar la vida no es olvidar lo que ocurrió.

Es negarse a permitir que sea lo único que ocurrió.

Es construir recuerdos nuevos.

Más amplios que el dolor.

Más fuertes que la violencia.

Más luminosos que la ausencia.

Recuerdos que algún día, cuando mires hacia atrás, te permitan decir:

Sí, aquello pasó.

Pero esto también.

Y esto fue hermoso.


2 respuestas a “Los lugares también necesitan ser resignificados.”

  1. Avatar de Martha Fagerlie (Ceron)
    Martha Fagerlie (Ceron)

    El pasado, aunque en ocasiones fue doloroso, también ha sido un gran maestro. Cada experiencia, incluso la más difícil y la más dolorosa, dejó una lección valiosa que me ayudó a crecer, aprender y comprender mejor la vida. Gracias a esos momentos hoy soy una mujer más fuerte más madura y mejor preparada para enfrentar los desafíos del futuro, creo que no cambiaría las enseñanzas que me dejó, porque fueron ellas, las que me ayudaron a convertirme en la mujer que soy hoy.

    1. Avatar de Gina Cerón

      Qué hermosa reflexión. Creo que muchas veces no elegimos lo que nos sucede, pero sí podemos elegir qué hacemos con ello. Hay heridas que dejan cicatrices profundas, y aunque nadie desearía atravesarlas, también es cierto que en el camino descubrimos fortalezas, límites, aprendizajes y capacidades que no sabíamos que teníamos.
      No se trata de agradecer el dolor, sino de reconocer la mujer que surgió después de atravesarlo. Y esa mujer, más consciente, más fuerte y más compasiva consigo misma, es también parte de la historia. Gracias por compartirlo.

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