Después de las fotos familiares, de los restaurantes llenos, de los mensajes que dicen “gracias mamá”, existe otro país. Uno donde miles de mujeres despiertan sin sus hijos. Donde otras pasan el Día de las Madres sentadas en una fiscalía, afuera de un juzgado familiar o esperando una llamada que nunca llega. Un país donde maternar dejó de ser una experiencia acompañada y se convirtió en una batalla diaria por sobrevivir emocional, económica y legalmente.
Mientras el 10 de mayo se llena de flores, promociones y celebraciones, el 11 de mayo en México también representa el Día contra la Violencia Vicaria. Una fecha incómoda. Dolorosa. Necesaria. Porque hay maternidades que el discurso tradicional no quiere mirar.
Están las madres a quienes les arrebataron a sus hijos para castigarlas.
Las madres que llevan meses o años sin escuchar una voz que les diga “mamá”.
Las que reciben fotografías de sus hijos como mecanismo de control.
Las que viven amenazas disfrazadas de convenios.
Las que son obligadas a demostrar una y otra vez que sí son buenas madres, mientras sus agresores son tratados como “padres preocupados”.
Y también están las que siguen criando bajo violencia. Las que no pudieron irse porque no tenían dinero, redes de apoyo o un lugar seguro. Las que aprendieron a detectar el estado de ánimo de un agresor desde el sonido de las llaves en la puerta. Las que hacen tarea con sus hijos mientras esconden el miedo. Las que sonríen frente a ellos para que no noten que por dentro están agotadas.
Porque maternar bajo violencia no solo deja heridas físicas. Deja hipervigilancia, ansiedad, culpa, desgaste extremo y una sensación permanente de no poder descansar nunca.
Hay madres que maternan solas porque el abandono también es violencia.
Mujeres que trabajan dobles jornadas, que hacen milagros con el dinero, que asisten solas a festivales escolares, consultas médicas y reuniones. Mujeres que cargan no solo con la crianza, sino también con el peso emocional de explicarle a sus hijos por qué su padre decidió desaparecer… o aparecer únicamente para ejercer control.
Y están las madres buscadoras.
Las que con una pala en las manos hacen el trabajo que el Estado no quiso hacer. Las que con fotografías colgadas al pecho recorren desiertos, carreteras y fosas clandestinas buscando a sus hijos desaparecidos. Las que dejaron de celebrar el Día de las Madres hace mucho tiempo porque no existe celebración posible cuando un hijo no está.
Ellas también son madres.
Aunque el sistema las obligue a convertirse en investigadoras, peritas, abogadas y defensoras.
También existen las madres que perdieron a sus hijos por feminicidio, por suicidio derivado de violencia, por negligencia institucional, por desaparición o por contextos de criminalidad que jamás eligieron vivir. Madres cuya maternidad quedó suspendida en un cuarto intacto, en ropa que nadie volvió a usar, en mensajes de voz que se escuchan una y otra vez para no olvidar el sonido de una voz amada.
Y pocas veces se habla de algo más: el desgaste brutal de sostener procesos legales.
Hay madres que llevan años litigando convivencias, custodias, pensiones o denuncias por violencia familiar. Mujeres que conocen más términos jurídicos que muchos abogados porque la supervivencia las obligó a aprender. Mujeres revictimizadas por instituciones que todavía preguntan: “¿Y usted qué hizo para que él reaccionara así?”
Madres que son tratadas como conflictivas por defender a sus hijos.
Madres agotadas de escuchar que deben “cooperar” con hombres que utilizaron a sus hijos como instrumentos de castigo.
La violencia vicaria no empieza cuando separan a una madre de sus hijos. Empieza mucho antes: cuando el agresor descubre que dañar a los hijos es la forma más efectiva de destruir emocionalmente a una mujer.
Y lo más doloroso es que muchas veces sucede con respaldo institucional. Jueces que minimizan la violencia. Peritajes sesgados. Procesos interminables. Terapias obligatorias para víctimas mientras los agresores continúan ejerciendo control. Sistemas que siguen confundiendo violencia con “conflicto de pareja”.
Hablar de estas maternidades incomoda porque rompe la imagen romántica de la madre feliz, agradecida y completa.
Pero las maternidades reales no siempre se parecen a las campañas publicitarias.
A veces la maternidad se parece a una mujer llorando en el estacionamiento de un juzgado antes de entrar a una audiencia.
A una madre revisando expedientes a las tres de la mañana.
A una mujer trabajando enferma porque no puede darse el lujo de descansar.
A una madre abrazando una fotografía.
A una mujer intentando reconstruirse después de haber sobrevivido.
Por eso el 11 de mayo también debería ser un día para nombrarlas.
Para reconocer que existen maternidades atravesadas por la violencia, por la ausencia, por la impunidad y por el abandono institucional.
Y aun así, siguen sosteniendo la vida.
Porque aunque muchas fueron quebradas emocionalmente, aisladas, desacreditadas o despojadas de sus hijos, siguen levantándose todos los días. Algunas para seguir buscando. Otras para seguir litigando. Otras simplemente para sobrevivir una mañana más.
Y eso también es maternar.

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